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México en pie: Ser historia en tiempo presente

15 de mayo de 2016

 


El 31 de marzo de 2016 algo muy profundo se fue gestando en el calendario de los agravios y las luchas. En Paris, primero y luego poco a poco en muchas plazas de Francia, de Europa, de Canadá, Estados Unidos, Colombia y más tarde en México, fue tomando formas y contornos la #NocheenPie, que se inscribe en el ciclo de revueltas que han venido estallando desde 2010 de norte a sur, de oriente a occidente, como evidencias del malestar expandido por un modelo socioeconómico y político que no ha hecho más que enriquecer a unos pocos y empobrecer a una gran mayoría; que ha mostrado su rostro autoritario y punitivo contra los más vulnerables; que alardea de impunidad pese a que son evidentes la corrupción y la violación sistemática de los derechos humanos.
El 66 de marzo, siempre de acuerdo al calendario que nos propuso Nuit Debout, cuando la conversación global en torno a la importancia de sumar acciones en torno a la noche en pie, yo tuiteaba: 



Y es que me parecía y me sigue pareciendo que las violencias que azotan al país, nos ahogan las palabras y nos achican el cuerpo; pasiones tristes, las llamaría Spinoza, esas que minan nuestra potencia de actuar. No es que no haya grupos, personas, acciones que en México se ocupen diariamente de los desaparecidos, de nombrar a los muertos, a las mujeres asesinadas en esta barbarie que nos habita; por el contrario, hay muchos colectivos, por ejemplo @LasAlamedas que de Tamaulipas a Guadalajara, con una generosidad inagotable, nos alertan cada día de las desapariciones; o, el contador de muertes @menosdíasaquí del colectivo @rendición, que se empeña en nombrar a cada persona en esta guerra que nunca hemos podido entender, personas y no estadísticas; o las agrupaciones de familiares de desaparecidos que no descansan, que buscan incansablemente, que descubren fosas clandestinas, que no paran de exigir justicia, en medio de su llanto. Sí, todas esas formas de respuesta a la maquinaria de muerte existen, pero no alcanzan para oponer un no rotundo a la descomposición, la arbitrariedad, la guerra.





Si como han planteado los activistas, las personas que han decidido salir a las calles en estas noches insurrectas, en estas noches y días en que el habla colectiva es un comienzo para imaginar futuros, “la lucha sin fronteras es el único camino”, quizás como ha mostrado Ayotzinapa, es posible asumir que “la actividad criminal y su violencia en México ya no están contenidas hoy dentro de las fronteras nacionales”, como señala Patrick Dove  y por tal motivo, lo que nos acontece como efecto del sistema capitalista global, solo puede pelearse, colocarse en el mapa del “Mundo en Pie”. 
Cito nuevamente a Dove: “Desde luego que la corrupción policiaca y las atrocidades pueden ocurrir, y ocurren, en casi todas partes. Pero ninguna de esas atrocidades es “similar” a la de Ayotzinapa, porque el significado de Ayotzinapa es ya inseparable de los nombres y de los rostros de los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala, así como de la historia de resistencia local encarnada en la Escuela Normal y sus prácticas. Por otro lado, sin embargo, a la vez que reconocemos la singularidad de Ayotzinapa, no podemos ignorar los hilos comunes que vinculan lo que pasó en y alrededor de Iguala con otros contextos, tanto en América Latina como en distintas partes del mundo. Ayotzinapa no es un problema sencilla y exclusivamente mexicano, ni es un hecho aislado”.
El silencio de la prensa convencional frente a la “Nuit Debout” y la explicación de sus luchas y mensajes -salvo raras excepciones-, es quizás el “cinturón de protección” que nos ha impedido ver y calibrar la importancia de articular la resistencia “mexicana” a la resistencia global frente al avance del capitalismo predador.
Este es un tiempo de aniversarios claves: hace cinco años que el #15M irrumpió-interrumpió la escena política española; #OccupyWallStreet  arriba también a su quinto aniversario y, #YoSoy132, llegó a su cuarto aniversario y muchas y muchos de sus integrantes, participan hoy en organizaciones de la sociedad, en medios libres, participan activamente en la vida común de este país.
Hace 4 años, en las Islas de la UNAM, el movimiento dijo de sí mismo, que era heredero de las luchas del 68, de los zapatistas, de Atenco, de Oaxaca en el 2006. Se declararon Cherán y Wirikuta. Revivir, ser historia. No olvidar.




Hoy, ese mismo ímpetu es el que nos debe invitar a sumar “ser historia” pasada y futura a un mundo que ha decidido ponerse en pie. #Justicia decimos

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Heridas y cicatrices: lo que perdimos hoy

2 de julio de 2013



Para Luis y Andrés y sus familias
Para la madre de Nancy

La ciudad construye su rostro y su perfil por las memorias que la habitan, por sus heridas, por las cicatrices inscritas en su mapa-piel. La muerte absurda, cruel, inútil de Luis y Andrés, dos jóvenes que fueron “levantados” –como ya acostumbramos decir, en ese narcoñol que se nos ha filtrado hasta los huesos-, en una plaza comercial en la Zona Metropolitana de Guadalajara, exige elevar una voz colectiva que haga estremecer a las estructuras del poder, el legítimo y el paralelo. “Desaparecieron” (esa palabra que nunca cuestionamos, como si la gente practicara actos de magia, como si se tratara de fantasmas que deciden abandonar una escena), un 21 de junio de 2013, justo en el solsticio de verano, el día más largo del año, sin duda lo fue para los dos amigos. Al poco tiempo, la autoridad, esa que se empeña en negar lo evidente, su incapacidad para hacer frente a los graves problemas derivados de las múltiples violencias del país, afirmó, sin despeinarse –tal como ocurrió en Villas de Salvárcar, en Nuevos Horizontes, en Tepito, en New Heaven, y los ejemplos pueden seguir-, que los jóvenes “estarían” o “habrían estado” (ese modo-tiempo verbal condicional, pretérito perfecto, que se conjuga para fabricar hipótesis que culpen a la víctima de su propia tragedia), vinculados, enganchados, metidos, cercanos al “problema” (ese eufemismo que nos salva de asumir la responsabilidad de todo lo que sucede), del narcotráfico. Conforme pasan los días, uno, dos, tres, cuatro, las hipótesis o “líneas de investigación” (esa palabra favorita de las autoridades para convencernos de que están trabajando), van cambiando. Incertidumbre, colapso de nuestros sistemas de comprender la realidad. Queremos, casi todos queremos, los que estamos más o menos al tanto, que los jóvenes aparezcan ya, pronto, con vida. Mantas gigantes aparecen en distintos puntos de la ciudad con las fotografías de Luis, de Andrés; es una realidad, la ciudad está ya marcada por este nueva herida, pero no quiere asumir lo que esto significa. Cadenas de correos terapéuticos circulan, boicot a las plazas, a la plaza, pensamiento mágico que sigue pensando que la violencia tiene un territorio circunscribible (evitar el centro, la noche, los barrios, ahora las plazas); un exorcismo tan inútil como poderoso, perder espacio público, replegarse, blindar la casa, es la alternativa cierta para sobrevivir a esta catástrofe: si no estoy afuera nada me pasa, si no uso “Facebook”, estaré a salvo. El problema no son las redes, apagar no soluciona nada, porque el problema es mucho más complejo.
Una ciudad tiende a olvidar aquello que la marca de forma negativa. Esta ciudad no quiere recordar que en los ochentas del siglo XX aceptó sin chistar un pacto que se le fue imponiendo, los “narcos” llegaron y con ellos los dólares, los centros comerciales, la bonanza urbanística; mientras el país se desmoronaba por la crisis bancaria y el inicio del coletazo de las políticas del capitalismo avanzado, esta ciudad florecía; nadie quiso, pocos quisieron, “pocos habrían querido”, entender las razones de semejante progreso. Hubo pactos silenciosos, ojos que no veían, acuerdos en las sombras, un modus vivendi. Muchos años después, un 2 de Julio de 2013, la evidencia está ahí, abrimos las compuertas del infierno, asistimos calladamente a una prosperidad que parecía inofensiva. Hay que pagar la cuenta y esa, nos corresponde a todos, aunque entre esos todos, las autoridades tengan una deuda mayor.
Lo doloroso, lo impactante, lo más dramático del “caso” (esa palabra que se instaura en nuestro vocabulario para evadir el dolor y la rabia frente a la realidad) de Luis y Andrés, es que han sido triplemente criminalizados: primero por ser jóvenes, porque “habrían estado” (aunque de manera involuntaria, menos mal) vinculados a un asunto de narcotráfico (muy oscuro) y después, porque un sorprendente número de “lectores” de los medios, celebran sin celebrar su terrible destino: lo merecían por acosadores, por burlarse de otro joven (que “presuntamente”, mi palabra favorita en esta babel en la que se ha convertido nuestra cotidianidad), que tuvo a mal resultar hijo del mero heredero de Nacho Coronel. ¿Les creemos?, puede este “caso” quedar reducido a un asunto de bullyng donde el protagonista no es ya “Carrie” de la película que intentó colocar el problema del acoso escolar en clave de terror, sino “el hijo de un narco”. Sin estar convencida de la “explicación” (porque aceptarla sin cuestión nos coloca, como ciudadanos, en una situación terrible), tengo preguntas: ¿Y la autoridad escolar? ¿Y los maestros? ¿Dónde estaban mientras “las burlas ocurrían? ¿El “presunto” hijo de narco, no dio nunca ninguna señal de su “linaje”? ¿Ningún maestro llamó la atención a Luis y a Andrés por sus bromas? ¿Llamó a sus padres, habló con ellos?
Hoy, exactamente a las 12:43 me fue confirmado por una persona de todas mis confianzas que los cuerpecitos de estos dos jóvenes habían sido finalmente encontrados, quedé sin habla. A lo largo del día, la información fue y vino, los comentarios de los usuarios-lectores en los medios fueron subiendo de tono. Alguien me preguntó en Facebook, que qué opinaba de la violencia de jóvenes contra jóvenes. El tema no es menor, en la ejecución de estos dos jóvenes la ciudad, el país, la sociedad se juega la posibilidad de replantear su futuro.
Considero que no, no se merecían la muerte, ni la travesía por la que seguramente pasaron. No, me parece que no estamos frente a un asunto que se deje leer desde “reacción al bullying”, es mucho más complejo. Se trata del fracaso de la sociedad.
Fracasar en la capacidad de volver inútil la opción por la violencia, fracasar frente a la evidencia de la falta de opciones en las que las y los jóvenes encuentren posibilidades de imaginar futuros, fracasar en la competencia judicial, ejecutiva y de manera muy importante la competencia legislativa, que es la única que puede y tiene la facultad de achicar el brazo punitivo del Estado y hacer crecer su brazo preventivo.
Me duele en lo profundo la muerte, terrible, de estos dos jóvenes. Pero faltan muchos datos, mucha claridad en las averiguaciones. No me sorprende pero me preocupa la velocidad del juicio, la acusada ignorancia de lectores, opinadores, autoridades, de lo terriblemente difíciles que es ser joven hoy día.
Hay heridas que nunca sanan, ésta puede ser una así. Guadalajara está herida de muerte y es sólo la acción colectiva, el involucramiento, la exigencia estruendosa de un ¡Ya Basta!, lo que puede convertir esta herida en una cicatriz que diga el pasado pero que nos permita construir un mejor futuro, ese que queremos para nuestros niños y jóvenes.
Luis y Andrés, este no es un memorial, es un llamado en su nombre para cambiar las cosas.
Y, en lo que vivimos este luto activo que nos toca a todas y todos, queremos de regreso a la pequeña Nancy que le fue arrebata a su madre en este verano que ya dura demasiado en esta ciudad con tantas heridas que no sanan.


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