¿Política de Seguridad? o ¿Toletazo Preventivo?

19 de mayo de 2013

En días pasados, el Presidente Municipal de Zapopan, Jalisco, Héctor Robles Peiro, declaró:



"Yo les puedo decir que con los operativos antipandillas todas las noches agarramos a macanazos a más de 70 jóvenes, y de esos más de 70 jóvenes a lo mejor uno o dos o 10 tienen drogas en su poder y son consignados, pero los otros 60 son soltados porque son faltas administrativas y van a seguir generando problemas de vandalismo, van a seguir generando problemas de drogadicción y van a seguir generando problemas de inseguridad”.



Además, remató su desaseada comprensión de la seguridad pública y de los jóvenes, con las siguientes declaraciones: 


"Una persona bajo el influjo de la droga no es una persona, se convierte literalmente en un ser perdido”.


No se trata solamente de una declaraciones desafortunadas, sino de afirmaciones que requieren ser investigadas y sancionadas. Los jóvenes en el mundo, en México, en Zapopan, requieren de una política pública integral que se haga cargo de los graves problemas que enfrentan: pobreza, desempleo, dificultades de acceso a la educación, violencia, entre otros.


Aquí, una parodia sobre estas declaraciones.


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Los Pañuelos del Parque Rojo

7 de mayo de 2013


 

Por Alina Peña-Iguarán
Bloguera Invitada:

Dra. en Literatura y Estudios Latinoamericanos,
 forma parte del cuerpo docente del DESO- ITESO.
 También colabora en FM4 Paso Libre.
 Sus temas de investigación son: migración, cuerpo, literatura y violencia. 

 





Karla Preciado
En el mismo lugar en que ahora Teresa Sordo cuelga todos los domingos un tendedero de pañuelos blancos bordados hubo una cárcel a mediados del siglo XIX, la Penitenciaría de Escobedo que se construyó sobre los terrenos de la huerta del Convento del Carmen. Como último testigo de la prisión hay una calle que corre de sur a norte y mantiene su nombre original: “Penitenciaría”. Señales, voces silenciosas, arqueología urbana y familiar, que dicen que estos suelos por donde transitamos son capas sobre capas de cemento, estuco, pavimento, lámina y ladrillos. Texto sobre subtexto, vida sobre memoria. Muchas veces nuestros ojos vendados de arrogancia moderna, progreso burgués o una simple y vergonzosa falta de curiosidad no logran hacer un corte transversal para ver la profundidad histórica de la ciudad. Sin embargo, si una aprieta el interruptor de los recuerdos que más de uno guarda, entonces la gente comienza a decir lo que sabe, excavan en su memoria personal y regalan su relato al espacio común. Así es como ahora puedo rescatar lo que sigue.
             
La Penitenciaría de Escobedo fue demolida en 1933
y dos años más tarde se inauguró el Parque
Revolución sobre el diseño del primer proyecto urbano de Luis y Juan José Barragán. Sesenta años después se destruyó el parque para hacer la estación Juárez del tren ligero y finalmente una nueva lectura del diseño de Barragán volvió a rehabilitar el parque. El arquitecto Fernando González Gortázar además diseñó las entradas a la construcción subterránea. Y para reafirmar el nombre oficial del espacio se erigieron dos monolitos oscuros: Madero y Carranza. Dos figuras que poco coincidieron políticamente en su momento, pero que tras el afán de articular una familia revolucionaria que nos dé el Ser a todos los mexicanos, ignora importantes diferencias históricas. La mejor parte de todo es que los ciudadanos aciertan con su sentido común al re bautizarlo Parque Rojo. Y más aún, que las personas reutilizan sus jardines y pasillos para indignarse y manifestarse, para “echar novio” o descansar la comilona que se zamparon en los lonches Cosmos o sentarse un domingo y ver pasar a los ciclistas, patinadores, corredores y peatones,  –sin faltar el perro que, con correa al pescuezo, corre a todo lo que dan sus patas siguiendo el paso, en este caso el rodar, de la bicicleta de su dueño- que circulan por la vía recreativa.

Sobre todas esas capas que de alguna manera conviven, se tienden los pañuelos cada domingo. Colgados en hilera como retazos de una historia que escribimos juntos. Son recuentos bordados por más de cien personas que registran las muertes por la violencia organizada y las desapariciones forzadas. Cada día se suman más bordadores y con ellos la aguja y el hilo inmortalizan la última escena de sus vidas y les dan un lugar en la nuestra. A veces pareciera como si en cada puntada, en punto seguido, pudiéramos suturar un poco la herida que guardan las familias, las viudas, los amigos, los hijos, los padres y nosotros mismos. 

El Parque Rojo es hoy una plaza pública donde se empiezan a relacionar una buena variedad de actividades comunitarias, y así de a poco vamos aprendiendo a participar y hacernos visibles frente a nosotros mismos. En esta línea me encuentro las fotos de Karla Preciado del 15-O de 2011; los indignados se manifestaron al pie de los paredones de las entradas al tren, se subieron a los monolitos negros y los vistieron con un nuevo discurso y nuevas demandas; su negrura se coloreó con las palabras de las cartulinas que piden democracia justa, seguridad, oportunidades y reconocimiento para los jóvenes. 

Karla Preciado

  
Esos mismos pasillos del parque que cobijaron por años la prostitución homosexual y heterosexual, y mucho antes a los escribanos que ofrecían sus servicios para redactar cartas y documentos, ahora protegen los pañuelos, epitafios de una guerra de consecuencias inconmensurables, en donde es necesario llevar el saldo de nuestro dolor, para exigir que esto no vuelve a ocurrir. 






Y aquí estamos nosotros ahora, parados sobre un huerto, dos parques (el de Barragán y el de González Gortázar), una prisión, pasillos que han sostenido las caminatas de prostitutas y homosexuales, de familias que se apresuran para llegar a  la Bombilla, indignados, paseantes domingueros, bordadores. El Parque Rojo, abierto como plaza pública, sigue listo para acumular nuestras memorias y mirarnos en nuestro propio reflejo. 



Gracias a todos los que abrieron sus recuerdos, fotos y conocimientos frente a mis preguntas. De ellos y de todos son estas palabras y esta historia que sigue en construcción.

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Escombros: la promesa fallida

25 de febrero de 2013

El siguiente texto, acompaña el catálogo de la obra de Teresa Margolles titulada "La Promesa" que fue montada en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo MUAC de la UNAM en 2012, con el apoyo de la Fundación Ford. 
Fui invitada a escribir un texto especialmente para el catálogo, lo que implicó un par de visitas al MUAC para experimentar de manera directa la potencia y sentido de la pieza y el performance que lo acompañó por 6 meses. Este catálogo fue presentado el  6 de enero de 2013, justamente el día en que Teresa Margolles recibió el Premio Principe Claus 2012, otorgado por Los Países Bajos. El Embajador C.H.A. Hogewoning, dijo que el jurado decidió entregar este premio a Margolles por "su valor e integridad en la ruptura de los convencionalismos artísitcos y sociales; y por la manifestación pública de la verdad contra la influencia y complicidad del gobierno en la violencia y pobreza, no sólo en México, sino en el mundo entero."
Me honra acompañar a Margolles en esta pieza fundamental. Con autorización del MUAC, reproduzco aquí el texto íntegro que aparece en el Catálogo, con el objetivo de alcanzar otros lectores, otros públicos y hacer circular la relevancia de esta obra fundamental para el México contemporáneo. 
La ficha bibliográfica es la siguiente:
Margolles, Teresa (2012), La Promesa. Universidad Nacional Autónoma de México
Museo Universitario de Arte Contemporáneo. México
ISBN: 978-607-02-4016-4
Pueden reproducir con toda libertad el texto, citando la fuente original.

Mi agradecimiento a Teresa Margolles, María Inés Rodríguez, Ana Cue y Alejandra Labastida.






MUAC




Escombros: la promesa fallida

Rossana Reguillo[1]

Si se me pide que nombre el principal beneficio de la casa, debería decir: la casa alberga un día soñando, la casa protege al soñador, la casa le permite a uno soñar en paz.
Gastón Bachelard: La poética del espacio.

Volviendo la cabeza aquí, pensamos: allá,
como sucede en verdad a todo perseguido.
Antonella Anedda (¿El miedo nos hace más fuertes?)[2]

La primera vez que estuve en Ciudad Juárez, mucho antes del “tiempo malo” -como llamó al periodo de la aceleración de la violencia a partir de 2006, la madre de un “presunto” sicario acusado de la masacre de jóvenes en Villas de Salvárcar, cuando conversamos sobre sus temores y dolores- me impactaron tres cosas: la enormes naves de la floreciente maquila, que como sabemos, se caracteriza por usar insumos y tecnología importados, empleando mano de obra local, lo que convierte a las ciudades “huéspedes” de esta industria en fuertes polos de atracción migratoria con todos los impactos que esto implica; la segunda cosa, que se ha mantenido como constante a lo largo de los años, es la ausencia de trasporte público adecuado lo que genera oleadas de autos viejos, casi chatarras, que recorren como hormigas afanosas, la enorme extensión entre los centros de trabajo y los barrios periféricos que han brotado desordenadamente para acompañar la migración; y, la tercera, fue el trajín constante de una ciudad fronteriza con mucha población joven.

Después, volví muchas veces durante “el tiempo malo” y fui viendo como se apagaban las luces en el centro; vi transformarse edificios enteros en caparazones quemados y fierros retorcidos, negocios que se negaron a “pagar piso” o quedaron en el medio de algún ajuste de cuentas. Y, en lugares o barrios como Lomas de Poleo y Lomas del Paraíso me cayó –como peso muerto- la evidencia de la migración en sentido contrario: la huida hacia cualquier parte.

MUAC
Ciudad Juárez había dejado de ser la promesa de un futuro para convertirse en la pesadilla de un presente del que había que huir. Una tras otra, las casas abandonadas cuentan una historia: la casa no es resguardo suficiente para soñar en paz, para vivir en paz.


Y poco a poco, en cada retorno, el trajinar de acentos, de rostros diferentes, de intensos intercambios, se iba convirtiendo en silencio y en largas filas de militares y policías, por no decir “convoyes”, que se oye mal, patrullando de ida y vuelta, de arriba a abajo, una ciudad en silencio.

Por esas y otras razones, la obra de Teresa Margolles “La Promesa”, es necesaria.
           
A través de una triple operación, Margolles nos lleva a una experiencia límite, la que proviene de la evidencia del vacío y la devastación, la experiencia de pérdida y disolución.

En la primera operación nos enfrentamos -por ausencia- a la casa despojada de dueños; con habitaciones que ya no son el espacio íntimo del resguardo, sino un amasijo de dramas de cemento mudo, no hay ecos de voces y de risa; con ventanas como huecos estériles, sin ojos que miren hacia un afuera igualmente vacío. Esa casa ha dejado de ser una promesa, aquella que se hace sin decir antes de irse, cada mañana, cada tarde  !Voy a volver! Sin retorno,  la promesa es un pacto que se deshace en el escombro, queda clausurada. Sin sutura posible.

La casa ya ha sido reducida a un significante vacío, aquel susceptible de ser  "llenado" con los más diferentes, ambiguos y múltiples significados: miedo, huída, despojo, tragedia, accidente. Pero la casa no es una sola, si no muchas, vacías,  la vacuidad acumulada, una nueva cartografía de huecos que le van brotando a una ciudad en guerra.  

Frente a esta evidencia, el significado reduce en su ambigüedad. Ya no estamos frente al accidente personal, alguien murió fuera, lejos y hay que partir precipitadamente, algo pasó en la ruta de vida de sus moradores que había que salir ligeros. Tampoco, dice esta historia repetida, estamos frente al despojo individual, la avaricia del mercado que ha dejado a tantas y tantos mexicanos sin casa. No, la casa vacía aquí, emerge como un brote incómodo, como evidencia de que algo mucho más grande y poderoso se cierne sobre el paisaje urbano, sobre las gente, sobre lo que alguna vez fueron los habitantes de ese pequeño trozo de certidumbre moderna que llamamos “posesión”, así sea figurado o precario. La casa vaciada, sola, es el itinerario de una creciente y densa acumulación de muchos en su devenir nada, nadie.

Más de 115 mil casas abandonadas en Ciudad Juárez y un desplazamiento por la violencia que se calculaba en 2011 a partir de un estudio de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, en más de 220 mil personas. Un éxodo, un exilio, muchas promesas rota.

D´Arte
La casa vacía es el ante pretérito imperfecto de habitar: habitaba. Pero es en realidad el antecedente del escombro: “Conjunto de desechos y materiales de construcción inservibles que resultan del derribo de un edificio o de una obra de albañilería”. Derruir para reconstruir el sentido, aquí, en ese difícil y tenso momento en que alguien se hace cargo de nombrar el desecho, Teresa Margolles nos lleva a una segunda operación, que antecede a la experiencia en el museo: la demolición in situ, que somete al más radical de los sentimientos de desahucio (la promesa fallida) a la realización de una sentencia literal: la casa es ya inservible de acuerdo a los cánones urbanos; pero Margolles tiene otros planes: hacer del escombro no la sentencia final a la que se condena a los desechos, sino justamente su reverso, hacer del escombro una experiencia productiva. Hay un antes de la instalación a la que sólo tenemos acceso por los archivos que acompañan la obra de la artista: periódicos, documentos y testimonios que recogió durante la fase de investigación. Esto determina la segunda operación de sentido que Margolles nos propone: acceder a la experiencia de vulnerabilidad y migración forzada, a través del escombro.
Lo dice bien Mario Bronfman, Representante de la Oficina para México y Centroamérica de la Fundación Ford, en el catálogo que acompaña la obra, a propósito de esa vulnerabilidad, violencia focalizada y migración forzada:

¿Cómo hacer evidente esta realidad sin repetir lo ya dicho? ¿Cómo hacerlo de manera que su impacto trascienda lo meramente racional y se inscriba sin intermediaciones en lo emocional? […] La solución la encontramos en el arte contemporáneo. Cuando el Museo de Arte Contemporáneo (MUAC) nos propuso esta obra artística de Teresa Magolles sentimos que estábamos dando una respuesta no tradicional, pero trascendente a un drama humano de características inconmensurables”.

 Y es justamente la experiencia de lo inconmensurable a la que nos lleva Margolles en la tercera operación que nos propone ya en el museo, la instalación propiamente dicha.

“Somos mortales mortalmente aterrorizados
temblamos como zorros y perros,
nos volvemos la jauría de nosotros mismos”…

…dice en otro de sus extraordinarios párrafos el poema de Antonella Anedda ¿El miedo nos hace más fuertes? Y es cierto que podemos intuir la presencia de una jauría cuando nos enfrentamos a “La Promesa” de Margolles.

La instalación que  consiste en el cuidadoso montículo de escombros -que provienen de la casa que estaba ubicada en la calle Puerto de Palos en “Juaritos”, (como llaman cariñosamente los locales a su ciudad)-, en una enorme sala del MUAC, que se “activa” cotidianamente por el trabajo de voluntarios que realizan una especie de “demolición hormiga”, un desplazamiento cuidadoso del escombro;  a lo largo de seis meses, éstos cubrirán entonces toda la superficie de la sala hasta formar una enorme extensión de restos que hacen pensar en el desierto que rodea Ciudad Juárez. Restar, dice el diccionario es “separar o sacar una parte de un todo y hallar la parte que queda”. La pregunta, me parece no es qué es lo que queda de la casa que fue, sino justamente la experiencia de lo que dice el silencio, la inmensidad del drama de lo que ha sido silenciado que escuchamos en La Promesa.
Esos restos me tiran en dos direcciones. En dirección al “tiempo malo”, donde tantas personas han perdido la vida, han perdido su vida al ser arrancados, sin metáforas, de la tierra, del espacio habitado, como Doña Juana, que vino de Veracruz a Ciudad Juárez, buscando la promesa que se hizo a sí misma y a sus hijos y, después de varios años de penurias y trabajos precarios para hacerse de una casita en Granjas del Desierto, tuvo que huir nuevamente hacia su localidad, la jauría había embestido su casa, la promesa incumplida, rota. Por eso el “tiempo malo” está diseminado en cada parte de ese todo que fue la casa de Puerto de Palos.

Lo que ha quedado de esta promesa, me lleva también a la obra de Henri Bosco, La Redousse, que Bachelard analiza en su Poética del Espacio  para hablar de la casa que resiste a los embates, la casa en el centro de la tempestad y que voy a citar en extenso, por su potencia para hacerse cargo de lo que la casa significa en tanto resguardo y certidumbre.

Elfanzine.tv

“La casa luchaba bravamente. Primero se quejó. Los peores vendavales la atacaron por todas partes a la vez, con un odio bien claro y tales rugidos de rabia que, por momentos, el miedo me daba escalofríos. Pero ella se mantuvo. Desde el comienzo de la tempestad unos vientos gruñones la tomaron con el tejado. Trataron de arrancarlo, de deslomarlo, de hacerlo pedazos, de aspirarlo, pero abombó la espalda y se adhirió a la vieja armazón.
Entonces llegaron otros vientos y precipitándose a ras del suelo embistieron las paredes. Todo se conmovió bajo el impetuoso choque, pero la casa flexible, doblegándose, resistió a la bestia” (Bachelard, 1965; 76).

En este relato, la antropoformización (darle forma humana) de la casa resulta clara. No estamos frente a un objeto inerte sino frente a un ente capaz de luchar contra los ataques y proteger a sus moradores. “Aquella noche fue verdaderamente mi madre”, concluye el protagonista de La Redousse, y como bien señala Bachelard, no hay en este gesto de conmovido agradecimiento a la casa, nostalgia ni ternura; los valores que operan en el relato, nos dice, son la actualidad protectora y la fuerza. De refugio la casa ha pasado a convertirse en fortaleza. Sin embargo, la casa-promesa de Ciudad Juárez no ha podido resistir el embate de la bestia, el odio claro y los rugidos de rabia que la hacen pedazos sin tocarla, la han vencido. Ni refugio, ni fortaleza, pero si un ente vulnerable que ha quedado como una marca, un cuerpo roto en la batalla perdida.

Estamos frente a un mapa no solo inconmensurable de la experiencia urbana vinculada a la violencia, a la migración forzada, al miedo, sino además, borroso, inconcluso, ilegible a veces. Por ello, insisto la obra de Margolles es necesaria.

 Las autoridades dicen que poco a poco la gente que había abandonado sus casas, retorna; que hay un repoblamiento lento; pero es evidente que no hay un plan claro y no se sabe qué hacer con las casas vacías, se habla de reasignación de créditos, de asignarle algunas de estas casas a los policías, de condonar atrasos en los pagos de servicios a los moradores que desean volver. Un nuevo debate se instala en la ciudad, el quitar o no las rejas a los fraccionamientos que fueron cerrados durante el “tiempo malo”, desprivatizar las vías, los accesos.

 51.1%de los habitantes de Ciudad Juárez percibía en 2011 que la ciudad era “poco segura” y un 37.6% la consideraba “nada segura”, según la Encuesta de Percepción Ciudadana Sobre Inseguridad en Ciudad Juárez, realizada por la UACJ[3]. Y en un dato central para comprender la experiencia cotidiana y calibrar ahí el impacto de la promesa fallida, 40.4% de los encuestados, piensa que la situación “seguirá igual” y un 11.1% que “empeorará mucho”. Cómo pueden ser traducidos estos indicadores a un relato capaz de hacerse cargo de la experiencia cotidiana de indefensión, de qué nos hablan estos porcentajes, cómo reconocer las historias atrás de estos números. Quizás la única traducción posible es la producción de otro espacio semiótico, un campo otro de interpretaciones. Ahí, La Promesa de Margolles, irrumpe para proponer una experiencia sensorial, cognitiva, en la que pasado, presente y futuro se vertebran en un tiempo simultáneo en el que todo ha ocurrido ya en el futuro o todo ha sucedido en el presente. Los escombros siguen siendo la casa, la casa ya no es lo que fue pero sigue siendo.

Revista Código
En los escombros, en esos restos que se esparcen cotidiana y delicadamente, se inscriben no sólo las huellas de un relato, sino quedan ahí, inscritos los cuerpos ausentes. La obra de la artista, no solo activa la memoria, la indignación o la tristeza; me parece que su eficacia pasa fundamentalmente por activar nuestro deseo del otro, como quería Levinas (2000), un otro en este caso ausente pero que a través de ese campo de interpretaciones posibles, se hace presente movilizando nuestra responsabilidad hacia él.

La Promesa está articulada a muchas máquinas: la máquina del deseo, la máquina del miedo, la narcomáquina que es ubicua y elusiva, fantasmagórica y real (Reguillo, 2012). Es la dificultad de la simbolización, la imposibilidad de producir categorías aprehensibles a la experiencia, el deseo, el miedo, la violencia brutal, lo que vuelve a esta pieza de Margolles, en  dispositivo poderoso que a través de las múltiples conexiones que opera, es capaz de simbolizar las fisuras en el habitar contemporáneo o de los dramas que nos habitan en este “tiempo malo”.

Guadalajara, Octubre de 2012


Referencias bibliográficas
BACHELARD, Gaston (1965): La poética del espacio. FCE, México.

LEVINAS, Emmanuel (2000): La huella del otro. Taurus, México.

REGUILLO, Rossana (2012): “La Narco Máquina y el trabajo de la violencia. Apuntes para su decodificación”/ “The Narco Machine and the Work of Violence: Notes towards its Decodification”, en e-misférica 8.2. Instituto de Performance y Política, NYU. Nueva York.

El poema de Antonella Anedda, se publicó recientemente en Salva con nome, Mondadori, Milán, 2012. La versión original fue tomada de Terres Femmes:
http://terresdefemmes.blogs.com/anthologie_potique/43-antonella-anedda-salva-con-nome.html





[1] Profesora-investigadora en el Departamento de Estudios Socioculturales del ITESO.
[2] Agradezco a Eduardo Quijano, la referencia a este poema.


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¡Estamos bien! (Espejos Laterales)

2 de diciembre de 2012




Por Darwin Franco


 Fotografía de Joel Arturo Reynoso Villaseñor
Familiares de las y los detenidos afuera de la PGJ

Una lista en manos de un prepotente funcionario es lo que separa a los detenidos de sus familiares, éste sin mucho tacto decide quién entra y quién no. Enfundado en su playera del Barcelona (y jactándose de que él tiene 22 años y no anda haciendo desmanes) éste personaje va tachando el nombre de los 25 jóvenes detenidos que ya han sido visitados por sus familiares en las instalaciones que la Procuraduría General de Justicia de Jalisco (PGJ) tiene en la Calle 14 de la Zona Industrial. Sólo se permite una visita por día.
Estos jóvenes adherentes y no al Movimiento #YoSoy132 fueron detenidos ayer (01/12/12) con lujo de violencia a las afueras de la Feria Internacional del Libro (FIL), pues de acuerdo a la Secretaría de Seguridad Pública de Jalisco éstos alteraron el orden público y causaron diversos daños y destrozos, principalmente en las instalaciones del PRI y Televisa en el estado. Se especula que las denuncias fueron presentadas por éstos.
 Sin embargo, la detención que -pudo ser en flagrancia- no se realizó en esos lugares a pesar de que la policía acompañó todo el tiempo el peregrinar de la marcha. Quizá se pensó que podrían cometer más agravios y se les dejó llegar hasta la FIL donde ya los esperaba un fuerte operativo policíaco conformado por granaderos, patrullas y vallas que impedían el paso por la Avenida Mariano Otero en su cruce con Avenida de las Rosas.
Ahí comenzaron las provocaciones de los policías quienes les decían a los manifestantes: “Ándale, vente. ¡No te atreves!”, como precisa Rodrigo Cornejo integrante del #YoSoy132. Al final los que se les dejaron ir fueron los policías, los cuales con total abuso de la fuerza pública (y con especial lujo de violencia contra las ocho jóvenes detenidas) golpearon y detuvieron a cuanto manifestante pudieron. Primero a los que protestaban frente a ellos, pero después sistemáticamente fueron cazando a todo aquel que vieron correr y a quien osó impedir la golpiza a otro de los manifestantes.
27 detenidos, dos de ellos menores de edad, fue el saldo de un operativo desmedido y violento que buscó evitar que estos “vándalos” hicieran los mismos desmanes que esa mañana habían ocurrido en el Distrito Federal. Llevados a las fuerza en camionetas del Grupo Lobos de la Policía de Guadalajara, estos jóvenes fueron trasladados a distintos Ministerios Públicos, pero no fue hasta ya entrada la noche que todos fueron llevados a las instalaciones que la PGJ tiene en la Calle 14.
Ahí se liberó, pero después de varias horas, a los dos menores de edad que formaban parte de este grupo de vándalos como se les etiquetó oficial y mediáticamente.
No obstante, 25 son los que aún se encuentran detenidos, 17 hombres y 8 mujeres. Éstos pasaron la noche soportando el frío que hace en las instalaciones de la PGJ y separados en tres grupos han tenido que aguardar a que se conforme la averiguación previa para saber exactamente de qué se les acusa. Aunque el cargo que se deja ver en la lista del funcionario que define la visita tiene después de sus nombres la palabra: “Daños”.
A las afueras de la PGJ, familiares, amigos y compañeros de distintas organizaciones esperan noticias, pero estás no llegan como tampoco fluyó la ayuda de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, en la cual muchos de los manifestantes golpeados (pero no detenidos) presentaron sus quejas la noche del 1 de diciembre. A la Comisión se le pidió de manera urgente que mandara a su personal para revisar el estado de salud y las lesiones de los detenidos (y con ello levantar un parte médico), pero la respuesta siendo medio día del domingo 2 de diciembre es que “no tienen personal”.
Familiares y Organizaciones ciudadanas
Foto de Joel Arturo Reynoso Navarro

Los familiares visiblemente cansados esperan noticias de los abogados que llegaron por la mañana para saber cuál era el estatus jurídico de los detenidos y para saber de sus propias bocas: cómo estaban y si no habían continuado las agresiones. “Todos están bien” fue lo expresado por éstos y rápidamente se organizó la entrada de los familiares en grupos de cuatro. El espacio no da para más y el hombre de la lista tampoco lo permite.
 Así fueron pasando todos los familiares para dar constancia de los golpes aún visibles y de la incertidumbre de no saber qué va a pasar, muchos de ellos no tienen idea de qué cargo les imputarán a sus hijos aunque todos saben que se está creando (aún si las pruebas no dan) paquetes de delitos; es decir, algunos saldrán sin pagar fianza con el clásico “usted disculpe”; otros serán acusados de daños a las instalaciones, ya sean las del PRI o las de Televisa; pero lo más preocupante serán aquellos que se tomen como “chivos expiatorios”, ya que se les quiere acusar de “vandalismo y lesiones a la autoridad”.
Ese es el caso de José de Jesús Montes Flores, a quien se el acusa de dañar una unidad de policía o de otros dos detenidos (no se tienen aún confirmados sus nombres), a quienes los cuatro policías heridos han señalado como sus agresores.

Los separos…
El hombre de la lista sale y habla con la abogada, le informa que hay cuatro jóvenes que no han recibido visita y le solicita que les diga a los familiares que pasen. Sin lazo familiar directo pero con la solidaridad, de quien acompaña en las buenas y en las malas, cuatro voluntarios nos apuntamos para darles ánimos y noticias.
El hombre de la lista fue severo y al final sólo dejó que pasáramos tres. La vigilancia es extrema y la percepción de quienes están dentro también lo es, pues al preguntarnos a quién visitábamos la expresión era brutal: “Vienen a ver a esos”, seguido de la expresión del “ustedes ahí andan pidiendo que se respeten las leyes y lo primero que hacen es violarlas”, refiriéndose a la manera en que queríamos entrar a ver a los detenidos.
Nos hizo pasar por un pasillo donde diversos funcionarios nos veían con una cara de sospecha, en su expresión se asumía que nosotros también estábamos de quejosos en las calles y que ahora no teníamos más remedio que “meter la cola entre las  patas” y venir aquí a sus territorios a visitar quienes trasgredieron el orden público.
Entramos en una oficina que retrata fielmente el imaginario social de un Ministerio Público, un hombre con una pila de papeles y un trajeado de bigote al cual firmó y autorizó las papeletas para que pasáramos a los separos. Nunca nos volteó a ver.
Entregó los permisos a un segundo funcionario quien también hizo énfasis en el carácter de los detenidos: “Vienen a ver a estos jovencitos”. Descendimos hasta un cuarto donde estaban cuatro cabinas, tomamos asiento y esperamos a que trajeran a nuestros compañeros. El hombre de la lista no se nos despegó y se encargó de estar al pendiente de las conversaciones. Luego de diez minutos salieron Juan Pedro, Luis Armando y Sergio.
Visibles en ellos eran los golpes y el desánimo de toparse con una realidad que no sólo es más dura sino también más violenta. Se sentaron frente a nosotros y pidieron que nos comunicáramos con sus familiares. Yo platique con Juan Pedro, quien siempre ha sido una persona alegre, pero a la cual ahora le costaba trabajo esbozar la sonrisa y reiteradamente decía que “estaba bien” aunque sus brazos daban cuenta de los golpes y los jaloneos.
A él junto con Alfredo Romero y Ángel García los agarraron cuando auxiliaban a un hombre que cayó y se hirió una pierna. Los detuvieron porque en el frenesí decidieron detenerse y ayudar. La agresión fue artera recuerda Juan Pedro, pero lo que más le importaba era darme el teléfono de su casa para avisar a sus padres que está bien, pero no pide que les diga nada más porque lo único que sabe es que los tendrán ahí 48 horas más. Ellos ingresaron formal y jurídicamente a las 4 de la mañana del 2 de diciembre; no obstante, fueron detenidos alrededor de las cinco de la tarde del día primero.
La charla duró menos de diez minutos, el celador marcó el tiempo y el hombre de la lista pidió que nos saliéramos de la sala. Nos levantamos y en el intercambio de miradas nos hicimos saber que estábamos ahí y que afuera había muchos más que esperaban su liberación.  Ellos esbozando una sonrisa agradecieron la visita, pero todos sabíamos que en nuestros ojos había un rastro de la esperanza que nos ha llevado a buscar un cambio. Aunque todos sabemos el tamaño del golpe. 

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