Ensayo
LA
CONSTRUCCION DEL ENEMIGO
JOVENES Y MEDIOS
Rossana
Reguillo[1]
(Este artículo se publico por primera vez en
Chasqui. Revista Latinoamericano de Comunicación. No. 60, QUIPUS-CIESPAL, Quito, Ecuador, Diciembre
1997. Hoy debería llamarse "De jóvenes y Alcaldes")
La
modernidad presente está relacionada con la violencia, al punto incluso de que
los poderes políticos encargan a comisiones especiales el estudio de "sus
causas y su prevención", instituyen organismos preparados para el
ejercicio rápido de la función represiva y disuasiva, para la intervención de
urgencia...es difícil afirmar que este tiempo es, más que otros, el de la
violencia, aparece con claridad en cambio, como el de la conciencia de la violencia.
Georges
Balandier
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| Fotografía: Rafael del Río (Diciembre 2012) |
El
análisis de la realidad se resiste hoy a las miradas unívocas y a las
causalidades automáticas; lo político está en estrecha vinculación con los
programas económicos del Estado, con la crisis de los mecanismos tradicionales
de participación, con la emergencia de una sociedad, que aunque no de manera
homogénea, desborda la capacidad de respuesta del Estado; a su vez lo económico
no puede aislarse de los marcos y márgenes de operación de lo político; los
costos sociales de los programas económicos repercuten en los procesos de
redistribución del poder.
En
este contexto en el que hay que pensar las manifestaciones de violencia
creciente, que tampoco pueden aislarse de los impactos que tiene el
desdibujamiento de las certezas y referencias compartidas en la sociedad.
Violencias de distintos órdenes se han instalado en la vida cotidiana y no es
sólo a través de los análisis estadísticos como mejor se pueden entender por un
lado las formas de respuesta social a estas violencias y de otro lado, los
dispositivos a través de los cuales se construye y se configura lo que podría
denominarse “el imaginario del miedo”.
La
indefensión experimentada como un dato cotidiano por los ciudadanos y ciudadanas,
tanto frente a la impunidad de las autoridades o frente a su incapacidad para
abatir los niveles de inseguridad, como frente a una violencia latente y amorfa
cuyas fuentes no son objetivamente identificables, está dando paso a la
reconfiguración de un discurso autoritario y a un incremento de los
dispositivos de vigilancia y control en diferentes esferas de la vida social.
Un discurso que engendra su propio orden y que se ofrece a sí mismo como discurso de la certidumbre y que se
alimenta precisamente del miedo (al otro especialmente), de la duda y
contribuye a erosionar el vínculo social.
Aquí
interesa reflexionar en torno a los mecanismos que han convertido a los jóvenes
(especialmente de los sectores populares)
en los destinatarios de este autoritarismo
que tiende a fijar en ellos de manera obsesiva los miedos, las incomprensiones,
las inquietudes que provoca hoy la vulnerabilidad extrema en diversos órdenes
de la sociedad.
Para
ello, de entre diferentes materiales que hacen parte de una investigación en
proceso sobre los miedos urbanos, se presenta aquí a manera de analizador
sociocultural, un reportaje que puede considerarse “paradigmático” del tipo de
construcciones que distintos medios de comunicación están haciendo de los
jóvenes como el “nuevo enemigo” de la sociedad.
Los medios, el miedo,
los jóvenes
El 1 de octubre de 1996, un diario de
circulación local en la ciudad de Guadalajara (Siglo 21) destinaba su tema del día al tratamiento de la
delincuencia juvenil, con el elocuente título de "Jóvenes, los autores de la mayoría de los delitos en la ciudad".
Contra su costumbre y fundamentalmente contra el proyecto editorial declarado,
el reportaje aludido se centró fundamentalmente en la perspectiva oficial del
asunto, haciendo aparecer las "estadísticas" como una argumento
irrebatible (59.91 % de los delitos cometidos en Guadalajara tienen como
autores a jóvenes de 18 a 28 años de edad); en un precipitado "perfil del
joven delincuente" se hace aparecer como factor directamente productor de violencia
o de "comportamientos delictivos", la edad y junto con ella, el nivel
socioeconómico y la baja escolaridad.
Las
voces de los "protagonistas" están representadas por dos jóvenes, el
"redimido-redimible" por la religión, es decir el "bueno";
la otra voz está representada por el irredento, el "malo", que no
tiene salvación alguna, pero que siendo victimario es en el fondo una
"pobre" víctima de las condiciones sociales. El reportaje abunda en
declaraciones oficiales, que tienen que ver más con presuposiciones que con un
trabajo de "sociología del delito".
Hay
que señalar que pese a la indudable profesionalización en las tareas
informativas y a la asunción de un periodismo de carácter más cívico, que han
asumido distintos medios de comunicación, no es poco frecuente que se filtren
valoraciones que sustituyen al trabajo de investigación.
Si
se analiza la "información" que provee el citado reportaje, se
observa que hay una clara tendencia a oficializar los hechos ya que se asume la
perspectiva y la "explicación" del fenómeno a partir de la visión de
las instituciones gubernamentales. La información proviene de
"estimaciones no oficiales de fuentes policíacas", de "un primer
oficial de la policía municipal de Guadalajara", de "el director de
Seguridad Pública de Zapopan", "de un funcionario de la misma
dependencia", de la "directora del Centro de observación de Menores
infractores", del "director del Centro de Readaptación Social No.
1". Mientas que en un recuadro aparece la opinión de un especialista en
niños de la calle, pero ésta aparece sin problematización alguna y sus
opiniones, por el tratamiento que de ellas se hace, lejos de cuestionar las
visiones oficiales o de confrontarlas, las confirma y el asunto se coloca en
términos de "comprensión" para los "pobres delincuentes
juveniles".
Se
pasa así de la estigmatización al sentimiento caritativo que no permite
trascender la percepción simplista que reduce la complejidad del fenómeno
aludido, a un asunto entre “buenos” y “malos”.
El
peligro de este periodismo de fuentes oficiales es que se arraiga fácilmente en
la mentalidad ciudadana ya que se asume como un hecho no problematizable que
“verdad” e información periodística son una misma cosa, especialmente cuando el
medio goza de credibilidad.
El
tratamiento informativo que se hace de la nota roja en general y en particular
cuando se habla de los jóvenes, está lleno de calificaciones y
estigmatizaciones, que fomentan-generan una opinión pública que tiende a
justificar el clima de violencia policíaca y de constantes violaciones a los
derechos humanos.
La
configuración de los miedos que la sociedad experimenta ante ciertos grupos y
espacios sociales, tiene una estrecha vinculación con ese discurso de los
medios que de manera simplista, etiqueta y marca a los sujetos de los cuales habla. Mediante estas operaciones ser
joven equivale a ser "peligroso", "drogadicto o marihuano",
"violento"; se recurre también a la descripción de ciertos rasgos
raciales o de apariencia para construir las notas, se dice por ejemplo:
"dos peligrosos sujetos jóvenes de aspecto cholo", "el asaltante
con el cabello largo y aspecto indígena...". Entonces, ser un joven de los
barrios periféricos o de los sectores marginales es ser "violento", "vago",
"ladrón", "drogadicto", "malviviente" y
"asesino" en potencia o real.
Se
refuerza con esto un imaginario que atribuye a la juventud el rol del
"enemigo interno" al que hay que reprimir por todos los medios.
Estamos
aquí ante una especie de "transferencia" de responsabilidades. Al
tratar la violencia, la falta de seguridad, el incremento de la delincuencia,
sin contextos sociopolíticos, se hace aparecer a los sectores marginales, a los
pobres de la sociedad, especialmente los jóvenes, como los responsables
directos de la inseguridad en las ciudades y esto, de nueva cuenta, favorece el
clima de hostigamiento y represión y otra vez, la justificación de las medidas
legales e ilegales que se emprenden en contra de estos actores.
De
ahí que el saldo de los acontecimientos (en el caso de México) arroje como
balance una esquizofrénica dicotomía ente "muertos buenos" y
"muertos malos", o peor aún "muertos olvidables". Las
noticias de hechos de violencia en contra de jóvenes, se convierten en algo
natural, normal, pasan a segundo plano, se olvidan. Y con esta amnesia se
contribuye a la aceptación de la impunidad, a la tolerancia infinita que no es
capaz de ponerle un freno a la violencia provenga de donde provenga.
Otra
práctica a la que con frecuencia se recurre en los medios impresos y en la
televisión, es la de "complementar" la nota roja con imágenes y
fotografías de jóvenes que no han cometido delito alguno. Se utilizan piés de
fotografía descontextualizados que hacen aparecer a los fotografiados como
responsables de hechos violentos y delictivos.
La
multidimensionalidad de las violencias que han estallado en este último tramo
hacia el tercer milenio, las vuelve difícilmente asibles y por lo tanto
difícilmente representables. El mecanismo más sencillo es el de recurrir a un
"chivo expiatorio" a quien pasarle las facturas. La contribución que
en esto realizan buena parte de los medios de comunicación por omisión o por
acción, es indudable.
Aparecen
nuevos mitos (en su formulación negativa), estereotipos, estigmas, se objetivan
en una especie de "manual para la sobrevivencia urbana", que opera
pragmáticamente, es decir, de un modo no reflexivo. "El mal", las
violencias, el riesgo, las amenazas, encuentran en estas formulaciones
explicaciones causales automáticas.
Cuando
las instituciones políticas han caído en el descrédito y deslegitimación,
cuando la autoridad se muestra incapaz de dar respuestas eficientes a los
problemas de las comunidades, cuando la sociedad no encuentra cauces de
participación, es fácil que los medios dejen de ser precisamente eso
"medios" y se conviertan en enunciadores, en actores de peso completo
que se erigen en jueces, en árbitros, cuyas construcciones del acontecer tienen
efectos reales sobre la socialidad contemporánea, como lo prueban los dos “casos”
que se refieren a continuación, cuya gravedad no puede pensarse al margen del
papel que están cumpliendo los medios de comunicación.
"...por eso ya nos da miedo salir"
El primero de estos casos tiene como
protagonista a Saúl Valenzuela Luna, que tenía 17 años.
El
18 de enero, hacia las diez de la noche cuatro amigos conversaban en la calle,
cerca de sus casas. Todos ellos jóvenes. Dos patrullas de la policía municipal
de Guadalajara (un carro y una camioneta), sin motivo aparente se lanzaron tras
los jóvenes, dos de ellos fueron perseguidos por la pickup, mientras que del
carro descendieron dos policías que se dirigieron hacia donde estaban los otros
dos jóvenes. Uno de los policías disparó, un balazo alcanzó a Saúl en el cráneo
que murió inmediatamente. El otro muchacho era Raúl, su hermano que relató los
hechos: "al darnos cuenta de que se bajaron para detenernos nos echamos a
correr rumbo a la casa...escuché dos disparos y ví a mi hermano Saúl
desplomarse, sangrando de la cabeza". Raúl alcanzó a llegar a su casa para
avisarles a sus padres y cuenta también que su amiga Claudia trató de golpear
al policía que disparó sobre su hermano, pero que otro se lo impidió
golpeándola con la culata de su rifle.
Los
policías implicados en la muerte de Saúl, que fueron consignados ante el
Ministerio Público, resultaron no ser los responsables lo que ocasionó una
pugna de declaraciones entre la Procuraduría y la policía municipal de
Guadalajara. Resultó que el culpable del disparo se "escapó" de los
¡dormitorios de la policía! porque la vigilancia en la parte alta de ese
edificio "no es del todo estricta porque quienes son conducidos ahí
sólamente tienen que cumplir un arresto administrativo que no siempre obliga al
encierro...".
Además
del dolor de perder de una manera absurda a Saúl, la familia enfrentó la
intimidación de la policía el mismo día del velorio, cuando dos patrullas de la
policía municipal se pararon frente a la casa y efectuaron dos disparos. Varios
vecinos de la Colonia Villa Guerrero, donde fuera asesinado Saúl Valenzuela,
denunciaron la prepotencia de los policías que vigilan la zona y la amenaza que
representan para niños y jóvenes que juegan en las calles.
"...es que la muchacha es chola"
La protagonista del segundo caso es
Yissel Espinoza Betancourt, de 17 años.
A la una de la tarde del 26 de enero,
Yissel caminaba por la calle con su hermano, al pasar por las instalaciones de
la policía de Guadalajara, se acercó y le dijo "cuánto cobras por un
caldo", Yissel le respondió enojada y se metió a las oficinas para
denunciar al gendarme ante sus superiores. Adentro fue alanzada por el policía
que le dio un golpe en la cara a lo que ella contestó con una bofetada, así
comenzó la golpiza. El hermano corrió a su casa para avisar a sus padres. La
familia entera (seis miembros contando a los padres) se transladó a la
corporación policiaca pero fueron detenidos por tres policías que los
encañonaron. Una hermana embarazada de Yissel fue golpeada y tirada al suelo,
su hermano (policía antimonitones) fue acusado y detenido (y posteriormente
dado de baja) por "meterse por la fuerza al edificio y por dar positivo en
la prueba de antidopaje".
A
Yissel pese a ser menor de edad la metieron a la celda y quedó incomunida. Más
tarde ella misma narraría que fue desnunda y obligada a hacer sentadillas
frente a los gendarmes varones "porque pretendía encontrar una droga que
llevara oculta en sus órganos sexuales".
La
denuncia de los padres ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos fue
recibida y levantada el acta, pero el comisionado en turno les informó "no
ser competente para procurar la libertad de la joven, ni de su hermano".
La
versión de la policía señala que la dentención de Yissel se dió, "porque la muchacha es
<> y está acusada de agredir a la policía".
La
muerte de Saúl y el ultraje (por llamarle suavemente) a Yissel, no obedecen a
ningún accidente o "hecho aislado", forman parte de la lógica de
operación de las policías y autoridades responsables de la seguridad, con la
complicidad de la sociedad y de algunos medios de comunicación. Pero lo que más
extrañeza causa es la tolerancia con que la sociedad asiste día tras día a este
tipo de acontecimientos, la impotencia a
la que se ven condenados víctimas, familiares y amigos, la falta de recursos
para la acción, la brecha entre una política de derechos humanos y una cultura
de esos derechos que encarne en las prácticas cotidianas y se constituya no en
un "correctivo" a posteriori
sino en una palanca desde la cual impulsar otras formas de socialidad.
Se
trata de una bola de nieve, mientras impere un imaginario que atribuya a
ciertos actores sociales unas características que justifiquen las razzias eufemísticamente llamadas
"operativos antipandillas", mientras se consienta la violencia
institucionalizada u otras, mediante mecanismos discursivos que la expliquen
por su vinculación con algunos constitutivos identitarios (la religión, el
color, la raza, la edad, el sexo), mientras impere entre gobernantes y
gobernados una relación de miedo y desconfianza, no será posible avanzar en el
diseño de principios reguladores que la sociedad hoy requiere para enfrentar
los desafíos que le plantea la magnitud de la crisis que estalla en todos los
órdenes.
Lechner
ha planteado que ante la pérdida de los principios absolutos, aparecen el miedo
y la amenaza y esto da nacimiento a la demanda de certidumbre "no se trata
de un problema individual...la vida colectiva requiere certidumbres y, en
particular, certidumbre precisamente acerca de lo colectivo (1990;129).
Los
signos son preocupantes. En la vida cotidiana, en los discursos políticos,
periodísticos, religiosos, va cobrando fuerza ese discurso autoritario, duro,
de limpieza social, que amenaza con ganar adeptos porque ofrece la cómoda
certidumbre de que la única salvación consiste en el exterminio de todos
aquellos elementos que amenazan y perturban el simulacro de vida colectiva que
se mantiene a fuerza de murmullos y suspiros entrecortados para no despertar al
demonio.
¿Quién
va a pagar los platos rotos?.
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