Nómadas, el horror

18 de septiembre de 2018


Cuando era muy joven viajaba mucho en camión, entre Guadalajara, Ciudad de México, Villahermosa y Tapachula; mi mamá me mandaba con toda tranquilidad a visitar a mi hermana mayor, a mis 16, 17, 18, sin ningún tipo de temor: una torta, calcetines y cobijita tejida por ella, para el frío, eran sus únicas preocupaciones; ni a ella, ni a mí y mucho menos a mi padre, le preocupaba mi seguridad: los autobuses no chocaban, nadie se subía a asaltarlos, las mujeres no desaparecían y, a mí me gustaba y me sigue gustando viajar en autobús, es una manera de mirar el paisaje arrullada por el ruido de un motor lejano y una velocidad que te permite captar lo que va pasando. 

Una de mis diversiones mayores en esos viajes de juventud (que repetí a los 19 en Centro y Sudamérica, cuando fui encontrando a este nagual latinoamericano que no me suelta y me enamora cada día más), era mirar las casitas, las luces encendidas de los pueblos o pueblitos por los que pasaba el autobús.

Entonces me gustaba imaginar la historia de las personas que vivían en esa casa, en ese ranchito a medio construir, en esa casota con portón impenetrable y así me iba quedando dormida hasta que la entrada a un nuevo pueblo o ciudad, volvía a despertar mi imaginación: en ese cuarto una niña duerme con un conejo de peluche que recibió de regalo en su fiesta de cumpleaños; en la cocina de esa casa, una señora llora la muerte de su gatita que vivió en esa casa 20 años y así iba yo tejiendo historias para aligerarme el camino y porque me gustaba y me sigue pareciendo un desafío mirar los espacios y observar el tiempo para ver que historias es posible tejer.
Hoy, el sonido del motor que hasta hace unos días me parecía entrañable por su capacidad de conectarme con una memoria de tiempos en los que la imaginación era un ejercicio hermoso, simpático, retador, se ha convertido en un sonsonete cargado de sangre.

Pero llegó el “tiempo malo” –nunca podré encontrar mejor formulación que esta expresión que me dijo una madre en Ciudad Juárez, después de la masacre de Salvarcar-, ese “tiempo malo” que nos arrebató de cuajo cabezas, piernas, brazos hasta que el corazón se nos paralizó de tanta maldad y nos fuimos haciendo chiquititos y muy hechos a la normalidad de tanta sangre, de tanta moridera, de tanta metralla y pedazos de cuerpos que nos iban aventando un día sí y otro también, para que supiéramos de quién era la plaza. En la casita de mi imaginación viajera, donde niña pequeña duerme con conejito de peluche, hoy quedan restos de sangre coagulada y un informe objeto de peluche yace boca abajo como para no ver la catástrofe.
El “tiempo malo” fue a empeorar y hoy, muy lejos de aquellos barrios del norte donde fueron ejecutados 15, 16, 17 jovencitos, o en esa otra ciudad del norte, donde amiguitos de doce años jugaron al secuestro y asesinaron a su vecinito de 6 años, hoy, es decir ayer, antes de ayer, apenas nos enteramos de que un tráiler fantasma viaja por la ciudad con 157 cuerpos de personas fallecidas por esta violencia brutal que ya nos ha quitado tantos jóvenes y risas, hermanas y alegrías, hijas y sueños y así se puede ir sumando todo lo que hemos ido poniendo en esta ruleta que nosotros, en serio, no empezamos. Y el horror no da tregua y nos dicen que hay otro tráiler con más “carne muerta humana”, como la llama sin atisbo de molestia un secretario de salud, es igualmente molesta que la carne muerta animal y puede generar riesgos sanitarios. 

No es un solo tráiler, son dos y no son 157 cuerpos son más
, nos dice el que fuera encargado del cuidado e investigación forense de un estado, de una ciudad, donde ya no nos caben los muertos de la violencia y por eso las autoridades los llevan de un lado a otro, abandonan su cementerio en una colonia, se disculpan, los llevan a otro lugar. El rrrrrrrr de mi imaginación juvenil es una pesadilla, observo las fotos de los trailers que cargan personas que hoy son “carne muerta humana” y se me va el aliento. No logro entender qué le pasó a este país, a esta ciudad, a esta sociedad, donde la violencia se convirtió en un accidente natural y las personas, derivaron en cuerpos, carne muerta itinerante.
Quiero pero no logro imaginar al conductor o conductores de esta carga siniestra, quiero hacer un esfuerzo por recordar lo que imaginaba al ver casitas, entradas, portones y entender que esas personas en esas casitas, entradas, portones, quisieran quemar el tráiler fantasma: borrar, hacer arder lo que hemos hecho como sociedad al límite ya del abismo; no puedo. 

Mi imaginación política me lleva a la sala de mi casa, es diciembre de 2
016, hemos pactado un encuentro con los padres de Ayotzinapa, los normalistas de Atequiza, la abuela de la Plaza de Mayo, Estela Carlotto, el Juez Saffaroni, las madres de Por Amor a Ellxs y claro, nosotros, ese colectivo invisible que gravita y opera en mis días. Madres y Padres de Ayotzi quedan atrapados en la locura de la Fil, pero los normalistas llegan y las madres también y el diálogo fluye y la indignación también. Hablamos, compartimos, pensamos cómo interceptar ese discurso de los derechos humanos, pero sobre todo, me quedo con la imagen de Carlotto subiendo a un vehículo que no hace ruido y a los chavos de Atequiza, presurosos por volver a la carretera, tenían miedo, me dijeron de no volver a aparecer.
Un tráiler o dos tráilers que hacen ruido pero que nadie ve hasta que apestan, 157 historias congeladas, 244, 400, la reducción numérica a una ficha. Necropolítica sin duda, ese poder de hacer morir y hacer que ese morir no importe.
Los cuerpos de esas personas que tuvieron historias, amores, madres, amigos, serán los nuevos nómadas en estas sociedades que no hemos sabido cuidar
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1 comentarios:

Rita Guadalupe Angulo Villanueva dijo...

Hola Rosana, me duele y como a Ti, no alcanzo a comprender qué hicimos o qué no hicimos para que este horror ocurriese. Hace tiempo que te sigo y hace tiempo que le pienso, desde la academia, la cuestión juvenil. Gracias por las provocadoras palabras de tus textos y conferencias.
Rita Angulo
Desde San Luis Potosí

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