De la masa (informe)a la multitud (dispersa)

24 de abril de 2011

(Primera re-visitación a las palabras que nos nombran y nos explican)



"Lo que comanda el relato, no es la voz, es el oído"
Italo Calvino







Pensé que era pertinente responder a quienes desde distintas trincheras mediáticas –como espacios autorizados-, lanzaban su “yo acuso” a los “marchistas de siempre”, a los “intelectuales obnubilados” que cegados por el dedo flamígero de López Obrador han llamado desde una “presumible imbecilidad” a un ¡ya basta!, a un ¡No más sangre!, un ¡estamos hasta la madre! En México y otras latitudes uno de los problemas de los movimientos sociales es que apelan casi de inmediato a la reacción y no a la acción, gastando energía y tiempo en las coordenadas espacio-temporales y, especialmente, enunciativas, que los poderes suelen controlar, aceptando así jugar en cancha ajena y con árbitro en contra. El tiempo de los movimientos sociales no es el tiempo mediático, su temporalidad obedece a otras lógicas y otras formas de acumular fuerza, pero especialmente hay que apelar a la reflexividad, condición fundamental para salir del pensamiento inmediatista.
Contra la polarización estéril y desgastante, esta entrada, pretende contribuir a colocar en una tesitura analítica, lo que considero son elementos claves para comprender –sin juicio moral-, el “estamos hasta la madre” que a nivel nacional e internacional parece haber detonado un movimiento que no se deja leer desde los marcos convencionales de la política del siglo XX, copada en lo general por grandes actores sociales: el movimiento obrero, el estudiantil, entre otro conjunto de expresiones sociales organizadas.
Al leer y analizar con detenimiento la tinta que ha sido vertida en torno a la validez o no, de estas expresiones de hartazgo, encuentro que en muchas de ellas, abunda más que la cita fácil, el sonsonete de lo conocido, de lo familiar, que no arriesga un lugar de interpretación distinto. Quiero suponer que se trata de una práctica por inercia (acudir a los marcos interpretativos de siempre) que de una práctica enunciativa ignorante de los tiempos que corren y de la cantidad de análisis, pensadores (sin sospecha, como Virno, Bauman, Zizek, entre otros muchos), puntos de inflexión que circulan profusamente, ya no el espacio cerrado y terso de una academia que no dialoga con lo social, sino esparcido a lo largo y ancho de la red (aunque esta cronotopía sea ya insuficiente para entender los nuevos espacios de circulación del saber colectivo).
Con honestidad, no leo en la mayoría de los los artículos, columnas, espacios de opinión en contra del “estamos hasta la madre”, voluntad para leer “las modalidades de lo posible”, como las llamaría Virno; sino intentos de “reprobar a todo costo y a toda costa” a ese otro difuso pero focalizado en la figura de un intelectual genérico, al que se imputan intenciones y motivos.
No hay magia, ni nada oculto en la fuerza que adquirió el llamado del poeta Javier Sicilia, después del asesinato de su hijo, que bajo el grito (que no consigna) “estamos hasta la madre”, se articuló de maneras complejas al “No + Sangre”, convocado meses atrás. Aquí, no es el concepto de “masa” a lo Canneti, lo que puede contribuir a despejar la(s) pregunta(s), sino justamente la noción de multitud, mucho más acorde a las formas de acción política contemporánea, que nombra a sujetos que se articulan conservando su naturaleza múltiple. La masa es informe, sigue a un líder, aunque puede enloquecer y una vez desatada, opera como voluntad única; mientras que la multitud, es dispersión unida (de paradojas están hechos estos tiempos); se agrega y se desagrega en función de las naturalezas múltiples de sus integrantes. Si el “estamos hasta la madre” tuvo impacto, no es por la “mediocridad de la protesta”, sino porque esa expresión logró convocar y aglutinar a los muchos dispersos que encontraron en esa formulación una forma de reconocimiento y empatía (no de representación). Basta una lectura atenta a las muchas marchas, plantones y concentraciones en el país y fuera de él, el pasado 6 de abril, para constatar la diversidad de sujetos políticos que asumieron como suya la expresión y salieron a la calle a sumar su diferencia en un grito común. Se trata, considero, de una política del hartazgo ciudadano. La multitud es ambivalente y oscila, según sus teóricos, tiene elementos de negatividad y se disuelve. Pero más allá, me parece, estoy cierta, de que esta multitud opera como un síntoma de la gravedad que aqueja a este país. No es denostando su configuración, etiquetándola con nociones de viejos paradigmas como podrá comprenderse la protesta.
Entre las muchas urgencias de los tiempos violentos que azotan al país, una central y clave, son las palabras que nos han servido, nos sirven para operar sobre el presente, sobre el acontecer, sobre la realidad. Desde hace algunos años suelo repetir en mis conferencias y artículos que nos “falla la nomenclatura”, nos faltan instrumentos lingüísticos para nombrar lo que acontece, lo que nos persigue, lo que nos vuelve vulnerables e incluso, lo que –a veces-, nos hace felices; nos traicionan los imaginarios, tan atrapados en lo que ha sido y no en lo que es. La escucha atenta es fundamental.

1 comentarios:

Miriam García dijo...

Gracias, gracias, gracias, por tus horas de trabajo, por tu vuelo.

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