La anomalía o la exterioridad ficticia

30 de julio de 2010


Recientemente Jon Lee Anderson, le dijo a la reportera Concepción Moreno de El Economista que, “Ustedes los periodistas mexicanos tienen que averiguar qué es lo que enmascara la sociedad mexicana para encerrar en su seno tanta violencia”. Refiriéndose obviamente a la violencia vinculada al narcotráfico, el importante periodista que no se ha destacado precisamente por un trabajo tímido o temeroso, añade en una comparación vital: “el narco brasileño es distinto sociológicamente al mexicano. En Brasil me encontré con gente muy violenta, pero más fría, más dedicada al negocio. Para ellos matar es un recurso de última instancia, porque les trae líos andar dejando cuerpos por ahí”. [http://www.talcualdigital.com/especiales/Viewer.aspx?id=38371]
Y considero que esta comparación es vital porque introduce dos elementos que resultan fundamentales en estos momentos tan críticos para el país. De un lado, la necesaria distinción “sociológica” entre dos países, Brasil y México, en este caso, pero también podríamos acudir a la distinción sociológica con el caso colombiano o el peruano. Me parece que este argumento ha faltado en el debate público en torno al narco en México. La sociedad, sus modos de organización, su cultura política, su vida cotidiana, sus rituales, no se consideran por lo general como parte del asunto narco.
En una especie de acto de prestidigitación se hace aparecer a “los narcos” como seres de otro planeta, como ajenos a las estructuras de la sociedad mexicana o, planteado en otros términos se hace desaparecer la idea de que estos narcos “demasiado violentos, demasiado impredecibles” como los describe Lee Anderson, son parte de esta sociedad; es esta sociedad la que los ha “incubado” para utilizar la excelente expresión del periodista. Entender el narcotráfico en su devenir violencia brutal pasa necesariamente por entender el país y su cultura de fondo. No ayuda colocarlos en una exterioridad ficticia que solo alimenta el mito y el terror.
Y de otro lado, considero que hay una pista clave en el modo en cómo los narcos mexicanos entienden “el negocio”. Un negocio en el que los cuerpos mutilados, salvajemente destrozados (a diferencia de lo descrito para Brasil), se consideran parte de sus “activos”, de su “arsenal”, porque el narco mexicano (en sus variantes complejas) ha entendido que el terror es clave. Estos “delivery boys” como los he llamado antes, van entregando mensajes macabros a destinatarios diversos: el estado, otros grupos rivales y de manera especial, a la propia sociedad que lee en estos “recados” los signos de su propio temor y su parálisis. En algo se equivoca Anderson, no es que los narcos mexicanos no estén avocados al negocio, profundamente concentrados en la extensión de su poder y su dominio absoluto, es que la violencia es dimensión constitutiva de su empresa y, como hemos podido aprehender entre los jeroglíficos sangrientos, la violencia es un negocio redituable. Los cuerpos entregados a pedazos además de su signo ominoso y feroz, constituyen una evidencia desnuda: son sólo signos, avisos, que nadie reclamará, que serán llorados en silencio, festejados en privado y exhibidos en la prensa nacional como una anomalía sin nombre que no tiene nada que ver con la sociedad mexicana.
Y en una cosa tiene particularmente razón el periodista, cuando afirma categórico: “Las noticias son un servicio público. Por eso creo que se deben adoptar nuevas estrategias, otros ángulos para entender lo que pasa más allá de las ejecuciones diarias. México tiene que buscar explicarse a sí mismo que hay detrás del narco y creo que el periodismo es el vehículo posible para comenzar a entender”.
Por ello, acumular la estadística de cuerpos sin nombre, relegados al anonimato de su condición sacrificable, transmitir pantallas en negro como hicieron Denise Maerker en Punto de Partida o Ciro Goméz Leyva en Milenio Televisión, solo contribuye a fortalecer el relato de esta falsa exterioridad. Es urgente, es una tarea política impostergable, encontrar la articulación entre el discurso periodístico y el sociológico, para narrarnos a nosotros mismos, no solamente la sociedad de los Nachos Coroneles, los Mayos Zambadas, los Chapos, los Ocieles, no, sino justo para narrar aquello a lo que aún no le ponemos nombre: la violencia anónima que anida entre nosotros.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

"México tiene que buscar explicarse a sí mismo que hay detrás del narco y creo que el periodismo es el vehículo posible para comenzar a entender”.

El periodismo puede no sólo ser el vehículo para entender la forma muy especial, tan macabra, vistosa y sobrecogedora, de la violencia con que firma el narco mexicano: el periodismo también es la clave para entender las formas de esa violencia.

Mientras el mensaje siga siendo efectivo, se reproduce. En tanto el periodismo, los medios masivos, difundan las imágenes de mutilados, descabezados, colgados (la que abre esta nota es un buen ejemplo), la sociedad se vuelve indiferente a su crueldad y las acepta como parte de la vida cotidiana. Como bien anotas, las bandas delictivas no están al margen de la sociedad: son parte de ella.

Sería bueno saber si en Brasil los medios de comunicación son igualmente sensacionalistas, si también se han dedicado a la indigna labor de hacer pasar por algo "normal" crímenes que siguen siendo espeluznantes. "La familiaridad engendra desprecio", rezaba una fábula de Esopo. Lo que es familiar se termina tolerando.

-Violeta

Hector dijo...

DRA. REGUILLO:
Me atrevo a hacer el siguiente comentario, motivado por la lectura de su blog “Viaducto sur”, particularmente de “La anomalía o la exterioridad ficticia” donde se dice:
“Es urgente, es una tarea política impostergable, encontrar la articulación entre el discurso periodístico y el sociológico”.
Tengo la impresión de que más bien hay que vincular el discurso periodístico con la teoría de la guerra o, al menos, con la sociología de la guerra. Hay textos como el discurso sobre la guerra de Maquiavelo, que pueden ser más útiles que cualquier teoría sociológica contemporánea. Incluso la Ilíada de Homero nos puede iluminar más sobre lo que está pasando. Veamos, por ejemplo, un pasaje homérico:
“Alcanzó luego el rey Agamenón a Pisandro y al intrépido Hipóloco, hijos del aguerrido Antímaco (éste, ganado por el oro y los espléndidos regalos de Alejandro, se oponía a que Helena fuese devuelta al rubio Menelao): ambos iban en un carro, y desde su sitio procuraban guiar los veloces corceles, pues habían dejado caer las lustrosas riendas y estaban aturdidos. Cuando el Atrida arremetió contra ellos, cual si fuese un león, arrodilláronse en el carro y así le suplicaron:

‑Haznos prisioneros, hijo de Atreo, y recibirás digno rescate. Muchas cosas de valor tiene en su casa Antímaco: bronce, oro, hierro labrado; con ellas nuestro padre lo pagaría inmenso rescate, si supiera que estamos vivos en las naves aqueas.

Con tan dulces palabras y llorando hablaban al rey, pero fue amarga la respuesta que escucharon:

‑Pues si sois hijos del aguerrido Antímaco que aconsejaba en el ágora de los troyanos matar a Menelao y no dejarle volver a los aqueos, cuando vino a título de embajador con el deiforme Ulises, ahora pagaréis la insolente injuria que nos infirió vuestro padre.

Dijo, y derribó del carro a Pisandro: diole una lanzada en el pecho y lo tumbó de espaldas. De un salto apeóse Hipóloco, y ya en tierra, Agamenón le cercenó con la espada los brazos y la cabeza, que tiró, haciéndola rodar como un montero, por entre las filas. El Atrida dejó a éstos, y seguido de otros aqueos, de hermosas grebas, fuese derecho al sitio donde más falanges, mezclándose en montón confuso, combatían. Los infantes mataban a los infantes, que se veían obligados a huir; los que combatían desde el carro daban muerte con el bronce a los enemigos que así peleaban, y a todos los envolvía la polvareda que en la llanura levantaban con sus sonoras pisadas los caballos. Y el rey Agamenón iba siempre adelante, matando troyanos y animando a los argivos. Como al estallar voraz incendio en un boscaje, el viento hace oscilar las llamas y lo propaga por todas partes, y los arbustos ceden a la violencia del fuego y caen con sus mismas raíces, de igual manera caían las cabezas de los troyanos puestos en fuga por Agamenón Atrida, y muchos caballos de erguido cuello arrastraban con estrépito por el campo los carros vacíos y echaban de menos a los eximios conductores; pero éstos, tendidos en tierra, eran ya más gratos a los buitres que a sus propias esposas.”
Homero, Ilíada, canto XI.
DR. HECTOR PEDRAZA REYES
Dpto de Humanidades. UACJ.
Ciudad Juárez, México.

Hector dijo...

DRA. REGUILLO:
Me atrevo a hacer el siguiente comentario, motivado por la lectura de su blog “Viaducto sur”, particularmente de “La anomalía o la exterioridad ficticia” donde se dice:
“Es urgente, es una tarea política impostergable, encontrar la articulación entre el discurso periodístico y el sociológico”.
Tengo la impresión de que más bien hay que vincular el discurso periodístico con la teoría de la guerra o, al menos, con la sociología de la guerra. Hay textos como el discurso sobre la guerra de Maquiavelo, que pueden ser más útiles que cualquier teoría sociológica contemporánea. Incluso la Ilíada de Homero nos puede iluminar más sobre lo que está pasando. Veamos, por ejemplo, un pasaje homérico:
“Alcanzó luego el rey Agamenón a Pisandro y al intrépido Hipóloco, hijos del aguerrido Antímaco (éste, ganado por el oro y los espléndidos regalos de Alejandro, se oponía a que Helena fuese devuelta al rubio Menelao): ambos iban en un carro, y desde su sitio procuraban guiar los veloces corceles, pues habían dejado caer las lustrosas riendas y estaban aturdidos. Cuando el Atrida arremetió contra ellos, cual si fuese un león, arrodilláronse en el carro y así le suplicaron:

‑Haznos prisioneros, hijo de Atreo, y recibirás digno rescate. Muchas cosas de valor tiene en su casa Antímaco: bronce, oro, hierro labrado; con ellas nuestro padre lo pagaría inmenso rescate, si supiera que estamos vivos en las naves aqueas.

Con tan dulces palabras y llorando hablaban al rey, pero fue amarga la respuesta que escucharon:

‑Pues si sois hijos del aguerrido Antímaco que aconsejaba en el ágora de los troyanos matar a Menelao y no dejarle volver a los aqueos, cuando vino a título de embajador con el deiforme Ulises, ahora pagaréis la insolente injuria que nos infirió vuestro padre.

Dijo, y derribó del carro a Pisandro: diole una lanzada en el pecho y lo tumbó de espaldas. De un salto apeóse Hipóloco, y ya en tierra, Agamenón le cercenó con la espada los brazos y la cabeza, que tiró, haciéndola rodar como un montero, por entre las filas. El Atrida dejó a éstos, y seguido de otros aqueos, de hermosas grebas, fuese derecho al sitio donde más falanges, mezclándose en montón confuso, combatían. Los infantes mataban a los infantes, que se veían obligados a huir; los que combatían desde el carro daban muerte con el bronce a los enemigos que así peleaban, y a todos los envolvía la polvareda que en la llanura levantaban con sus sonoras pisadas los caballos. Y el rey Agamenón iba siempre adelante, matando troyanos y animando a los argivos. Como al estallar voraz incendio en un boscaje, el viento hace oscilar las llamas y lo propaga por todas partes, y los arbustos ceden a la violencia del fuego y caen con sus mismas raíces, de igual manera caían las cabezas de los troyanos puestos en fuga por Agamenón Atrida, y muchos caballos de erguido cuello arrastraban con estrépito por el campo los carros vacíos y echaban de menos a los eximios conductores; pero éstos, tendidos en tierra, eran ya más gratos a los buitres que a sus propias esposas.”
Homero, Ilíada, canto XI.
DR. HECTOR PEDRAZA REYES.
DPTO. DE HUMANIDADES. UACJ.
Ciudad Juárez, México.

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