De cómo el narco nos alcanzó: Una mirada a las biografías truncadas

5 de abril de 2011

Presentación del libro
Los morros del narco
De
Javier Valdez Cárdenas




…aterrados de muerte,
excavados de huecos;
Javier Sicilia


Quisiera primeramente preguntar-me por qué es importante el libro de Javier Valdez que hoy nos convoca. Y no encuentro mejor manera de aproximarme a una respuesta no retórica y elogiosa, que acudir a las estadísticas del horror que sacuden al México contemporáneo.
En un estudio recientemente publicado en torno a las transformaciones en las tasas de mortalidad en los últimos 50 años, un equipo de investigadores dirigidos por el Dr. Russel Viner, de la Universidad de Londres, se afirma que por primera vez se observa una drástica transformación en los patrones de mortalidad: "Las tasas de muerte en los jóvenes de 15 años ahora son más altas que en los menores de 10 años en países de altos, medianos y bajos ingresos. Las cifras de muertes prematuras ahora son más altas en individuos de entre 15 y 24 años”. Las causas, se afirma, “son principalmente la violencia, el suicidio y los accidentes de tráfico”.
Uno de los científicos que participa en el estudio señala: "Lo que está claro es que las mayores amenazas para la salud de los jóvenes, además de vivir en extrema pobreza y en las 'zonas calientes' de las enfermedades infecciosas y la guerra, surgen de las conductas en las que los jóvenes se comprometen y de los contextos en que se encuentran" .
Según la OMS (Organización Mundial de la Salud), en México la esperanza de vida sana al nacer, se calculaba en 63 años para los hombres y en 68 para las mujeres. De acuerdo a la misma fuente, hoy, la probabilidad de morir entre los 15 y los 60 años de edad, es de 155 por cada 1000 habitantes en el caso de los hombres y de 89/1000 en el caso de las mujeres, es decir estos números indican que 155 hombres y 89 mujeres por cada mil ciudadanos mexicanos, puede morir antes de alcanzar la cifra de esperanza de vida sana la nacer.
Según datos de INEGI y la Secretaría de salud, las muertes por homicidio alcanzaron en 2008 la cifra de 14 768 personas, lo que representó una tasa de 13.1 (por 1000), ocupando la causa de mortalidad general número 9; mientras que los suicidios sumaron 4681 casos, con una tasa de 4.4 (por mil) y ocupa el lugar 29 entre las causas de fallecimiento. Al desagregar los datos, encontramos que en la llamada “mortalidad escolar” que contempla a la población de 5 a 14 años, el suicidio asciende al número 6 en la causa de muerte y el homicidio al lugar número 7. Para diversificar las fuentes, acudo a las mediciones de la CONAPO (Consejo Nacional de Población): en 2007, los accidentes fueron la principal causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 24 años, con un 44%, mientras que la segunda fueron las lesiones intencionales con un 19.3% . Las muertes por suicidios aumentaron de 3.5 defunciones por cada cien mil jóvenes en 1980 a 6.7 en 2007.
En lo que toca a las entidades federativas, los datos de CONAPO indican que los estados con mayor incidencia de mortalidad juvenil por lesiones intencionales, que son Chihuahua y Quinta Roo, con tasas 25% superiores de las registradas a nivel nacional.
Y según un estudio de la ILANUD (Instituto Latinoamericano de las Naciones Unidas para la prevención del delito y el Tratamiento del Delincuente), se estima que en México, la población carcelaria asciende a 139.707 personas, lo que representa una tasa de 153 detenidos por 100 mil habitantes; se calcula que hay un 26% de sobrepoblación en las cárceles del país y que solamente el 42% de la población penal ha sido procesada.
Y según mis propias mediciones, armadas a través de una base de datos nacional con información de prensa que se cruza con datos oficiales, entre el 2009 y el 2011, 67% de las muertes vinculadas al narcotráfico corresponden a jóvenes menores de 29 años.
Las cifras son claves pero no son suficientes para dar cuenta de la situación que experimentan millones de jóvenes en el país: exclusión de los sistemas educativos y laborales; acceso a los servicios de salud precarios y desiguales, futuros sin certeza; desencanto y enojo.
El libro de Javier Valdez, un cronista de lo marginal, lo invisible, de lo obturado por los grandes medios de comunicación, tiene entre otros muchos méritos la desestabilización del sentido común que ve una relación directa entre exclusión y violencia, entre pobreza y delincuencia. Sin dejar de reconocer la precariedad en muchas de los relatos de vida que Javier reconstruye en su libro, el autor logra colocar en clave multidimensional la vinculación de los jóvenes con las estructuras del narco y de la violencia. Y, además, nos ofrece un panorama amplio de modos diferenciales de adscripción o participación en estos escenarios: el joven sicario, el sembrador, el que transporta, el policía, la enganchadora, el que no entiende pero aspira. Las tonalidades que adquieren estas biografía signadas por el narco, son muchas y con múltiples matices.
Al recorrer las 343 páginas de este libro, se hace visible y constatable que en lo que toca al narcotráfico, su poder no estriba sólo en un poder de muerte, sino principalmente en su poder de alterar y quebrar distintos órdenes sociales y de ofrecerse a sí mismo como una ruta no solo posible sino deseable.
Las “escenificaciones” de este poder (más que escenas aisladas) ratifican el creciente empoderamiento del narco en diferentes ámbitos de la vida social. Además de la debilidad y la corrupción de las instituciones del Estado, sugieren algo mucho más profundo: la compensación de un vacío, de una ausencia y de una crisis de sentido. Dicho de otro modo, las y los jóvenes que Valdez retrata en su libro, son un doloroso testimonio del desgaste de los símbolos del orden instituido, mientras los actores del narco se van mostrando capaces de generar sus propios símbolos: lujo, poder irrestricto, impunidad. Códigos, normas y rituales en una espiral de violencia creciente.
A partir de mi propia investigación, afirmé hace tiempo que en este contexto de disolución, de descomposición, miles de jóvenes en el país, solo tienen un capital: vender riesgo es su única alternativa. El libro de Javier Valdez, desde lo mejor de la tradición del periodismo de investigación, corrobora esta hipótesis. El riesgo y la contingencia como elementos constitutivos de la biografía de “los morros del narco”.
Desde distintos enfoques, tres sociólogos europeos han señalado que una de las consecuencias perversas del tardo capitalismo en lo que toca a la constitución subjetiva de las identidades contemporáneas, es la llamada “inadecuación biográfica del yo”. Me refiero a Bauman (2001), a Beck (1998) y a Giddens (1995). Esta “inadecuación biográfica” por utilizar la formulación de Bauman, refiere a la autopercepción del sujeto de que es responsable de manera individual y a partir de sus propias decisiones de su condición de vida, es él o ella, la que resulta inadecuado o inadecuada para el orden social; ello, significa en palabras del autor que “apartar la culpa de las instituciones y ponerla en la inadecuación del yo, ayuda o bien a desactivar la ira potencialmente perturbadora o bien a refundirla en las pasiones de la autocensura y el desprecio de uno mismo o incluso a recanalizarla hacia la violencia y la tortura contra el propio cuerpo” (Bauman, 2001;16).
Esta formulación, se intercepta sin duda con la condición juvenil en el México contemporáneo, una de cuyas aristas, Javier narra en este imprescindible libro. Con características diferenciables y desiguales. La “inadecuación del yo”, es decir la insuficiencia biográfica, la narrativa precarizada de la propia vida, la sensación de ser culpable de algo inaprensible aplica de manera nítida a las expresiones y testimonios de los jóvenes que frase a frase, pausa a pausa, gesto a gesto van narrando a Valdez su realidad cotidiana.
Me parece que el libro Los morros del narco, iluminan (en el sentido Benjaminiano) este drama, al que podrías llamar la solución individual al fracaso del sistema. Frente a la precarización creciente tanto económica como vital, frente a la carencia objetiva de oportunidades, frente al deterioro de la seguridad social, miles de jóvenes “deciden” migrar al narcotráfico como una solución “individual”, que se asume como riesgo inevitable, que se vislumbra como un destino “natural” en el contexto de la propia biografía. Lo sistémico, es decir, la articulación de procesos, políticas, instituciones, dispositivos se invisibiliza, no hay “interlocutor” visible o agente responsable de la situación, a lo sumo aparecen atisbos de referencias formales: la escuela que se abandona por imposibilidad o hartazgo, la familia a la que se esconde la realidad, los intentos por resistir el llamado del dinero –aparentemente- fácil.
Por ello resulta fundamental, de cara a los desafíos, problemas y violencias de distinto cuño que marcan y definen al país, asumir la centralidad sociopolítica de la llamada condición juvenil (y que defino aquí como conjunto multidimensional de formas particulares, diferenciadas y culturalmente “acordadas” que otorgan, definen, marcan, establecen límites y parámetros a la experiencia subjetiva y social de las y los jóvenes), como lo hace de manera decidida Javier Valdez. En su narrativa, estas y estos jóvenes, hacen hablar esta condición sin nombrarla. Para el lector atento, en la medida en que transcurren los relatos, se van develando posiciones, categorías, clases, situaciones, prácticas, autorizaciones, prescripciones y proscripciones que tienden a naturalizarse en este orden vigente del mundo narco.
Así, este libro no se agota en una colección de crónicas de excelente factura periodística; por el contrario, sin nombrarlos de manera explícita Javier Valdez (el fugaz “personaje” en la novela Balas de Plata, de Elmer Mendoza, de quien el entrañable detective Mendieta, dice que es un “chismoso”), alude a los mecanismos tanto estructurales como (especialmente) culturales que enmarcan los procesos de inserción de estos sujetos concretos, jóvenes, algunos casi niños, en la dinámica del narco.
En esta lógica, la cuestión que articula la condición juvenil y la perspectiva sociológica de la “inadecuación del yo”, encuentra, en este libro un mejor ángulo analítico para lo que he venido llamando la “desapropiación del yo”, concepto que pude elaborar a partir de las múltiples entrevistas y etnografías que he realizado entre el 2004 y el presente, a jóvenes centroamericanos y mexicanos en situación carcelaria y en conflicto con la ley. Por desapropiación aludo a la subjetividad juvenil en continua tensión por constituirse. La inestabilidad en el contexto, en las condiciones, arrancan a los jóvenes la certeza de que su “yo” no hubiera sido el mismo de no haberse presentado la situación que los lleva brincando hacia delante: ellos y ellas son definidos por la “situación” (el encuentro con la policía, la negociación al límite con algún narcotraficante, la pelea a muerte con otro joven, la participación en una acción delictiva), lo que genera pérdida de control sobre el curso de vida y deviene biografías atrapadas por la contingencia. En el caso concreto de las y los jóvenes que dan vida a este libro, la biografía se constituye en una historia compleja de desapropiaciones, historias en las que la realidad, los contextos, se imponen como condición tan inestable como tiránica, tan imprevisible como angustiosa, lo que deja poco o ningún margen para la agencia y por consiguiente para una acción (o, mejor, práctica) sustentada en la anticipación de “posibilidades” y especialmente anula o disminuye el peso de los “capitales” de los que un joven se siente portador o poseedor.
Por estas razones, considero que para muchos jóvenes (precarizados), el desafío y la lucha central es la de “reapropiarse” o “reinscribir” su biografía en contextos de mayor estabilidad, con (mínimas) certezas de lugar, lealtades, solidaridades, garantías y, especialmente, reconocimiento. En otras palabras, se trata de restituir valor al capital político que por la vía de los hechos se les niega, por más que los programas oficiales, argumenten retóricamente su interés en la situación de las y los jóvenes.
Por ello saludo y aplaudo el libro de Javier Valdez, su trabajo sin duda, ayudará a generar la conciencia necesaria que requerimos para impulsar una política otra, unas instituciones capaces de hacerse responsables del presente y del futuro.

4 comentarios:

El_Lur dijo...

Hola, salud y saludos. Te pongo aquí un comentario que hice a tu entrada en http://elur.amplify.com/

Mi lectura del post de hoy de Rossana Reguillo en su blog "De cómo el narco nos alcanzó: biografías truncadas".
Hoy la clase media (media baja), quienes usamos las redes sociales de las tecnologías de información y alrededores -quienes tienen acceso de una u otra forma a información y cultura, y ciertas posibilidades de diálogo en su cotidianeidad- saldremos a la calle, en una marcha nacional convocada por un poeta, por su voz desgarrada, por su dolor que ha sabido articular en palabras -no en poesía, porque ya no cabe la poesía- pero si en el micrófono y en la carta trasmitida por los medios -más o menos independientes- a los que, regresando al inicio los que asistiremos a la marcha tenemos acceso.

Todo para decir que la amplia mayoría de mexicanos y mexicanas no solo no estará en la marcha, sino que -lo que Reguillo nos dice aquí- no está en posibilidad de entender que hay otra forma de vida -esa que los marchistas de hoy exigimos se respete- de derechos, de bienestar, de disfrute de la cultura y la ciencia, etc. La gran mayoría de los jóvenes en el país está completamente acorralada, lo que significa que para esa mayoría no existe, no ha existido, o se ha ido precarizando ese estado que llaman de derecho, de arriba a abajo su mundo está convulsionando, y a la fuerza de ser tocados por la cotidiana violencia y destrucción social -que es en alto grado simbólica- están sacrificando sus propias vidas -sus biografías en el lenguaje académico de Reguillo- antes de ser acribillados.
A muchos nos ha tocado el dolor de la familia Sicilia, y en ese lugar del dolor hemos también sumado nuestro miedo, la impotencia conocida, la injusticia repetida por todo el país. Pero desafortunadamente el abismo que atravesamos es más complejo. Hay que ir buscando las formas de ciudadanizar una reflexión más amplia como la que proponen Reguillo y otros desde la academia -una parte de ella, una parte valiente hay que decir.

caselo dijo...

Rossana, por la presentación que hace del libro siento que es un testimonio contundente del drama que vive no sólo México, sino muchos países. Muchas gracias por traerlo a su espacio. Me tomo el atrevimiento de compratir con usted y los visitantes a su blog, una crónica que hice sobre el sicariato en Medellín.

Cuando la muerte andaba en moto


Un abrazo

Carlos Eduardo

Rossana dijo...

Muchas gracias por tu fundamental comentarios El_Lur...

Rossana dijo...

Caselo, como siempre, gracias por aparecer con un comentario inteligente y por compartirnos tu texto...un saludo

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