Para el Doc Alonso con cariño

25 de agosto de 2011


Para el “Doc” Alonso, con cariño…
Con motivo de la celebración del XX aniversario
Del CIESAS-Occidente
Guadalajara, 24 de Agosto de 2011


Quiero en primer término agradecer la distinción que implica participar en este homenaje, más que merecido a Jorge Alonso. Motivos para celebrar no sólo su gestión y trabajo incansable en este doctorado, sino además su vida, sobran. No quisiera hacer de mis palabras un inventario de las virtudes, logros, contribuciones, páginas publicadas, generosas asesorías y de su trabajo incansable. Por el contrario quisiera desplazarme hacia el lugar de la asesorada, un lugar que habité con intensidad durante 4 años y medio, durante mi paso por este doctorado.
                La opción por este lugar de enunciación se fundamenta en mi convencimiento de que en la formación doctoral, la relación asesor-asesorado, asesorada en este caso, constituye el punto medular en la configuración de una trayectoria académica. Del asesor se aprenden no sólo destrezas y saberes formales, sino se incorpora un modo de encarar el trabajo, una forma de entender el compromiso que implica acceder –en un país como el nuestro- a un nivel superior de formación y de manera especial, del asesor se aprenden “los tics”, los atajos y las mañas para navegar por las turbulentas aguas de los ríos bibliográficos y el temple para aproximarse a una realidad que suele ser difícil de atrapar. Un asesor como Jorge Alonso, es un gran lujo que creo haber valido!
                De nuestra primera asesoría formal, salí con un nudo en el estómago y un paquete de 5 libros pesados y complejos, además de una lista de tareas. El “Doc” me dijo, nos vemos en 15 días con la reformulación de tu proyecto y discutir la bibliografía que te llevas, así lo dijo, como si nada. Algo que no pude descifrar en aquellos primeros momentos y que luego poco a poco fue convirtiéndose en un apoyo invaluable, era que al plantearme esos retos, mi asesor asumía de entrada que yo podía, que tenía la capacidad, que no era demasiado para mí, me impulsaba a tener confianza en mí misma. Ese día, el primero, por razones que no entiendo aún, mi reacción fue salir de su casa, derechito a cortarme el pelo (yo que nunca he usado el pelo corto, terminé con un look parecido al de Sinéad O´Connor cuando protestaba contra el Papa), intuyo que fue una manera de aligerar el peso de mi cabeza ante los retos que el Doc y el doctorado ponían frente a mí.
                Conservo aún todos mis cuadernos de apuntes, en varias de estas páginas, aparecen esquemas con la letra del Doc, tachando, señalando, implicando nuevas relaciones; conservo también mis trabajos en su versión estudiantil, que él me exigía que tuvieran “el carácter de publicables”, puedo decir que gracias a sus severas pero siempre generosas críticas, todos mis ensayos en los diversos seminarios que cursé, fueron publicados. Lo que intento enfatizar con esto, es que a lo largo de mi paso por este doctorado (y siempre, después que lo necesité), el Doc, estuvo ahí, leía en serio mis avances, se daba el tiempo para corregir, para intervenir con mano firme pero respetuosa mis manuscritos; celebraba una idea donde había que celebrarla, pero marcaba una crítica fuerte y sin complacencias ahí donde un concepto estaba mal elaborado, una cita mal interpretada, un afirmación sin sustento. Fue implacable, como maestro, como asesor y sí, confieso, a veces lo odié…, sobre todo en ciertas madrugadas en las que mi cabeza se resistía a seguir pensando y mis manos a seguir escribiendo. Era un odio que duraba poco, porque con sus carcajadas –que le brotan desde bien adentro-, el Doc, lograba borrar de un tajo (por no emplear otra palabra, más fuerte), mis ficticios sentimientos de “alumna-víctima explotada por su desalmado asesor”. Fuimos construyendo una complicidad creciente.
                Recuerdo un momento clave cuando en el transcurso de mi investigación, recibí un llamada anónima de un funcionario de PEMEX, que me citaba para darme información clave sobre sobre las responsabilidades de las explosiones. El momento era complejo, la vigilancia sobre los que estuvimos involucrados en el movimiento social en torno a las explosiones del 22 de abril era más que evidente: llamadas, autos que nos seguían, amenazas veladas. Cuando recibí esa llamada (a mi teléfono personal), llamé a tres a personas: Al Doc, a Fernando González y a Cristina Padilla. Los tres se preocuparon mucho, pero fue el Doc, él que me dio las claves para enfrentar el desafío: me citó en su casa, un día antes de la cita pactada con el personaje; era tarde, pero mi asesor se tomó el tiempo para revisar cuidadosamente las declaraciones o cosas que yo había dicho y que aparecían en los medios; analizamos con cuidado el riesgo que esta entrevista podría significar; y con una lucidez inaudita –la que lo caracteriza siempre-, me advirtió, después de su experta revisión: lo que vas a obtener no será publicable me dijo pero orientará tu mirada sobre el proceso. Tú no eres reportera, enfatizó, tu trabajo es entender, comprender. Pero tienes que ir. Nos despedimos esa tarde-noche y faltó el sello de su carcajada; me alejé preocupada (mi pelo había casi recuperado su largo habitual). Aprendí de su gesto, que llegaba el momento en el que yo estaba por mi cuenta, que mis opciones eran mías, que mis apuestas y acciones no formaban ya parte del curriculum evaluable del doctorado. Asistí a la cita, que resultó complicada y efectivamente lo que obtuve de información orientó mi mirada pero no constituyó nunca un hit periodístico: entendí, ahí, de fondo la maraña de corrupciones y acuerdos entre la clase política y los poderes fácticos. El Doc, me daba así una de sus últimas lecciones fundamentales como asesor: el acceso a la comprensión de los fenómenos implica riesgos, la tensión entre la ética y la palabra pública, la decisión entre lo imperativamente decible y aquello que constituía, para el/la investigadora un excedente de sentido, un plus de comprensión. Nunca podré agradecerle lo suficiente por esa mano firme, su gentileza encubierta en la rispidez  de la autoridad; de su capacidad de acompañarme en esos momentos logré aprender que la experiencia –muchas veces dolorosa-, de aprehender el mundo, está plagada de momentos límites, de decisiones que implican nuestros más y profundos motivos éticos y académicos.
                Hoy estamos aquí para rendir homenaje a un maestro, a un profesor,  a un gestor de futuros que no ha fallado nunca a su cita con el compromiso de hacer cada día un pacto de fondo con el saber y con las personas.
                Pueden decirse muchas cosas de Jorge Alonso y citar profusamente su obra, yo escojo pensar y hablar de él en un presente implicado, en una relación que no está ya marcada por la autoridad del asesor y que sin embargo constituye permanentemente mi resguardo. Decía Fromm que un buen maestro trabaja cotidianamente para encontrar algún día, a sus alumnos, como iguales. Descubro a estas alturas de mi vida, que me esfuerzo cada día por estar a la altura de este pensador-profesor-amigo, y sí, encuentro que fue tal su capacidad de acompañarme que hoy puedo hablar con él como iguales, a la manera de Fromm. (En voz baja confieso que Gilberto Giménez, otro de mis profes, me dijo que un alumno nunca está listo para dialogar –como igual con su asesor-, a menos que pueda indicarle bibliografía que no el asesor no conozca, ¡cosa que no he logrado aún!).
                En mi propio ejercicio como asesora, esa responsabilidad máxima de acompañar a otras y otros en el trayecto de abrir rendijas y boquetes a la realidad, las enseñanzas del Doc, han sido fundamentales. A veces en las madrugadas, cuando un asunto urgente me persigue, puedo sentir el odio de mis asesoradas/asesorados, pero sé que amanecerá y ellos encontrarán en mi risa –siempre tensa pero abierta-, el alivio a su odio y la voluntad para seguir adelante.
                Sé que a muchos “profes” de este doctorado las metáforas pueden ponerlos nerviosos, pero me arriesgo para decir que Jorge Alonso, mi profe, el asesor, el gestor de futuros, es: una roca y un faro, una encrucijada y un camino claro, un precursor de una angustia académica que se convierte en trabajo para, por, con otros. El Doc, es mi antídoto personal contra el mal de ojo. La leyenda conocida como Jorge Alonso fue y será siempre mi maestro y siempre le estaré agradecida.
                Nos reunimos aquí para rendirle un homenaje, lo único que tengo para aportar a esta ceremonia de afectos y complicidades compartidas, es un gracias, un enorme gracias Jorge Alonso, tú saber es ya legión y tus tics y tu legado hacen parte de aquellas y aquellos que aprendimos de ti, maestro, que el saber tiene un destino: luchar desde nuestras precarias fronteras por acercar un futuro mejor.
                Si no existieras, habría que inventarte, gracias Jorge Alonso…

0 comentarios:

Lorem Ipsum

  © Blogger templates Newspaper II by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP